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domingo, 24 de enero de 2016

LA PATAGONIA REBELDE




Acabo de ver otro peliculón de Héctor Olivera: La Patagonia rebelde. Esta cinta argentina de 1974, basada en un libro de Osvaldo Bayer y ganadora del Oso de Plata de Berlín en 1984, nos brinda una descripción desgarradora de la huelga general revolucionaria que se produjo a principios de los años veinte del siglo pasado en la región patagónica, conocida como la Patagonia trágica.

Ante la situación casi protofeudal en que vivían los peones agropecuarios e industriales del sur de Argentina, la Federación Obrera Regional, controlada por anarcosindicalistas al mando del famoso Antonio Soto, anuncia un paro general que siembra el caos en las estancias (latifundios) de todo el territorio. El Gobierno de Buenos Aires envía a Río Gallegos, como mediador, al teniente coronel Héctor Benigno Varela, que, al conocer la explotación y los abusos reinantes, se pone de parte de los trabajadores y fuerza a los patronos a suscribir un convenio colectivo mucho más humanitario. Nada más marcharse Varela, los estancieros inician una campaña de despidos y extorsiones contra sus asalariados, lo que provoca una rebelión sangrienta y sin precedentes en toda la región. Los campesinos se hacen con armas y cometen toda clase de desmanes, poniendo en peligro la economía argentina, los intereses ingleses en los “frigoríficos” cárnicos de la zona e incluso la unidad territorial del país. Ante tan delicada situación, agravada por los asesinatos y violaciones perpetrados por el Consejo Rojo de Alfredo Fonte, El Toscano, el Presidente del Gobierno encomienda a Varela regresar a la Patagonia, pero esta vez con órdenes de reprimir contundentemente a los revolucionarios, encargo que el militar ejecuta con el máximo celo, torturando y fusilando a cientos de huelguistas. Un año después de estos acontecimientos, el implacable militar moría en un atentado anarquista a la puerta de su casa.

La Patagonia rebelde destaca por su garra narrativa, su realismo y su crudeza, unidos a las sólidas interpretaciones de Héctor Alterio (teniente coronel), Luis Brandoni (Soto) y Pepe Soriano (“el alemán”). El guión tiene un gran interés histórico, y profundiza en el romanticismo de los ideales anarquistas y en la figura de Antonio Soto, ferrolano emigrado a Argentina con 13 años y uno de los mitos del anarcosindicalismo internacional (en la ciudad de Ferrol una calle lleva su nombre y en La Coruña le recuerda una fuente centenaria). También se abordan indirectamente las tensiones de la época entre Argentina y Chile.

Entre las cosas que más me han llamado la atención está el cambio de nombre del teniente coronel Varela, que aparece como teniente coronel Zavala. No se entiende esta “precaución” cuando todo el mundo sabe de sobra quién es el militar encarnado por Alterio y cuando se respeta la identidad histórica del resto de protagonistas.

Es muy interesante además el hecho de que la película se estrenara durante la presidencia de Juan Domingo Perón, que inicialmente prohibió su exhibición pero que terminó autorizándola en vista de los valores sociales que ensalzaba. También debe destacarse que fue este filme la causa inmediata del exilio a España del actor Héctor Alterio, ya que poco después de su estreno la Triple A le invitó a abandonar el país.


martes, 10 de noviembre de 2015

POR LA FUERZA

Tropas del General Batet utilizan la artillería contra el Palacio de la Generalitat tras proclamar Companys el estado catalán en 1934

Si algo hemos aprendido de la Historia es que cuando un conflicto se encona y las posiciones de las partes se tornan irreconciliables, la solución termina llegando de la mano de la violencia. Ello forma parte de la naturaleza humana y no hay que rasgarse las vestiduras.

También sabemos, por siglos de experiencia, que, una vez hablan las armas, siempre se impone el más fuerte, con razón o sin ella.

Por ello no se entiende la preocupación de muchos tras la aprobación ayer por el Parlament de la moción de inicio del proceso separatista. Si, como asegura Mariano Rajoy, hay una voluntad inequívoca de frenar la “desconexión” catalana, nadie debería temer por la integridad territorial de España, pues salta a la vista la descompensación de fuerzas entre el Gobierno de la Nación y la comunidad autónoma díscola.

En este contencioso, como en tantos otros en la accidentada trayectoria de nuestra patria, lo de menos es la verdad histórica o tener la ley a favor. Aquí lo primordial es demostrar una voluntad de acero (que no está claro que exista) y, ante todo, disponer de tanques, artillería y bombarderos, que es lo que les falta a Mas, a Junqueras, a la Forcadell y a la zorra que los parió.

La historia avala la inequívoca españolidad de la región catalana, que jamás llegó a ser una entidad política ni a gozar de independencia formal. España está legitimada constitucionalmente para plantar cara al secesionismo. Pero es que además, y es lo que importa a efectos prácticos, el Gobierno español tiene un ejército y la Generalitat no. Solo hace falta convencerse de que, llegadas las cosas a cierto punto, no quedará otra que aplastar físicamente la rebelión catalanista. Un despliegue relámpago de las Fuerzas Armadas en Barcelona pondría fin a esta provocación de forma inmediata y mucho menos cruenta de lo que pueda pensarse.

Mientras no nos mentalicemos de que ya es hora de poner encima de la mesa nuestro potencial militar, nuestra superioridad física, jamás se arreglará satisfactoriamente este problema. Cualquier otra solución administrativa, jurídica o económica, incluida la suspensión de la autonomía (que me parece razonable como paso previo), está condenada al fracaso, a ser pan de hoy y hambre para mañana.

Cataluña es como un niño pequeño enrabietado con el que ya no cabe otro argumento que el de unos buenos azotes en el culo.

Cataluña está pidiendo sangre y el deber de España es atender de una vez tan acuciante petición.

lunes, 22 de junio de 2015

NO HABRÁ MÁS PENAS NI OLVIDO

Últimamente me estoy documentando acerca del peronismo argentino y acabo de ver una de las películas más ilustrativas sobre el tema. Se trata de No habrá más penas ni olvido (1983), de Héctor Olivera, exitosa adaptación del bestseller de Osvaldo Soriano que no acertaría a encajar en un género concreto. En esta cinta los límites entre la comedia y el drama sangriento son tan difusos que me he quedado desorientado.

La historia está ambientada en un municipio figurado (Colonia Vela) durante la tercera presidencia de Juan Domingo Perón (1974). El argumento me interesó mucho desde el principio: Varios militantes de la facción originaria del Partido Justicialista local deciden desalojar de la “municipalidad” a los integrantes de la llamada “tendencia” (la rama marxista o “bolches”), liderada por el delegado municipal y su colaborador más cercano, y apoyada por los muchachos de la Juventud Peronista. Los izquierdistas logran atrincherarse en la Delegación Municipal y contener a tiros durante varias horas los intentos de asalto de sus enemigos, quienes finalmente requieren los servicios de un grupo de enérgicos patriotas supuestamente vinculados a la Triple A.

Cuando los españoles nos ponemos a ver una película argentina tan destinada al consumo interno siempre nos pasa igual. Los primeros veinte minutos no entendemos nada de los diálogos, casi como si estuvieran en chino. Luego, una vez acostumbrados al deje y cuando empezamos a intuir el significado de los giros y del vocabulario, tenemos la sensación de que se trata de una peli de risa, sobre todo por los insultos ultilizados. Es imposible contener las carcajadas cuando los personajes, con su característico acento cantarín, comienzan a increparse con expresiones como “pelotudo”, “boludo”, “negro”, y a mentar la “concha” de sus madres, entre otras deliciosas barbaridades. Al final, cuando los protagonistas se ponen a torturarse, a molerse a golpes y a matarse a tiros, ya nos vamos percatando de que el guión no tiene ninguna intención humorística.

El caso de No habrá más penas ni olvido me parece muy particular porque objetivamente está llena de toques de humor y, sin embargo, tiene un final trágico que se presta a pocos chistes. Hay momentos de pura comedia, como cuando ambos bandos intentan captar a un obeso policía municipal ascendiéndole a cabo, e incluso a sargento cuando se propone desertar. También tiene mucha gracia el actor Miguel Ángel Solá haciendo de borracho (me recuerda a Cantinflas), el cinismo con el que los “Tripe A” tratan al periodista que acude a cubrir la noticia y la escena de la avioneta fumigadora soltando estiércol sobre la localidad. Menos cómicas deberían resultar las secuencias posteriores a la captura de los “bolches”, en las que se muestra el trato poco atento que les dispensan sus compañeros de partido, que no de ideas. Sin embargo, los efectos especiales y el maquillaje son tan patéticos que es inevitable sonreír.

Miguel Ángel Solá, en su papel de montonero borracho

Pero el filme interesa más que nada como reflejo de una situación política concreta y de las luchas internas que en esos años protagonizaron las dos facciones más radicalizadas del justicialismo argentino. El peronismo siempre tuvo una vocación transversal, superadora de la lucha de clases y de los conceptos de izquierda y derecha, pretendiendo identificarse con todos los sectores de la sociedad. Sin embargo, como muy bien expresó Tábano Porteño en su post de marzo, ese afán de unanimidad impuesto al país bloqueó el desarrollo de un escenario político dual, con partidos izquierdistas y derechistas confrontados, de modo que al final estas tendencias acabarían expresándose dentro del propio peronismo.

El caso del justicialismo no es único. En todos los movimientos políticos de sesgo interclasista y autoritario surgidos en Europa durante la primera mitad del siglo XX también se han producido, en mayor o menor medida, divisiones internas que demuestran las dificultades prácticas para contener la conflictividad natural derivada de la diferencia de sensibilidades e intereses socioeconómicos y religiosos. Como esquemáticos ejemplos podríamos citar las fricciones entre los exaltados sindicalistas del Partido Nacional Fascista de la primera hora y los derechistas provenientes de la Asociación Nacionalista Italiana; la purga de elementos "izquierdistas" del partido nazi (las S.A.) en la Noche de los Cuchillos Largos, o los proverbiales desencuentros entre “hedillistas”, “independientes”, “francofalangistas” y “ramiristas”, que acabaron convirtiendo la Falange española en una charca de ranas.

Situaciones así también pueden verse en los regímenes “de partido único”, en los que la organización oficial es tan gigantesca y burocrática que termina institucionalizándose como plataforma para hacer política por personas y grupos de muy diverso pelaje pero que, al menos nominalmente, se dicen seguidores de la doctrina estatal. En No habrá más penas ni olvido, el empleado más rojo de toda la Delegación exclama sorprendido por el asalto de los ortodoxos: “¿Bolches nosotros? Che, yo siempre fui peronista, nunca me metí en política”. En muchos momentos de la película ambos bandos reivindican con ardor la figura de Perón y dicen estar dando su vida por él, aunque parezca imposible que dos posturas tan radicalmente contrarias puedan hallar cobijo bajo un mismo líder o un mismo partido.

Otro ejemplo en el que me ha hecho pensar esta cinta es el de la Iglesia Católica, integrada por millones de fieles, cientos de miles de sacerdotes y miles de obispos que, a pesar de compartir formalmente los mismos valores, pueden tener ideas, actitudes, estilos de vida y morales diametralmente opuestos entre sí.

Por último, como profesional de la Administración pública, me ha llamado la atención la organización municipal argentina, al menos en los años setenta del pasado siglo, así como la denominación de los diferentes órganos de gobierno. Alguien tendrá que explicarme la diferencia entre un intendente y un delegado municipal, si hay o no alcaldes y qué grado de autonomía local existe (o existía en aquella época) en Argentina.

miércoles, 10 de junio de 2015

SAN ÓSCAR ROMERO


Muy a mi pesar, no siempre entiendo los motivos que llevan a la Iglesia a elevar a los altares a determinadas personas, pero, como católico, me esfuerzo en aceptar, lo menos a regañadientes que puedo, el criterio de la Jerarquía en materia de santidad. No todo el santoral es de mi agrado pero me aguanto por fidelidad, por humildad, por confianza y porque comprendo que nuestra Santa Madre Iglesia está mucho más capacitada que yo para dilucidar quiénes son los cristianos más ejemplares y dignos de nuestra veneración. 

En los últimos quince años se han producido varias beatificaciones y canonizaciones que han puesto a prueba mi templanza y mi prudencia. Uno no acaba de acostumbrarse, por ejemplo, a ver en una estampita, con la aureola en el cogote, a un señor del que siempre había pensado (sin duda equivocadamente) que era un aristócrata megalómano, clasista y vendido a la oligarquía económica. Pero ya digo que para ser buenos católicos -y esa es mi aspiración- ciertas cosas hay que comérselas con patatas, sin darles muchas vueltas ni azuzar demasiado nuestro sentido crítico, porque si no Dios sabe cuánto podría durarnos la Fe… 

Otro sofocón me lo he llevado hace tres semanas con motivo de la beatificación de Monseñor Óscar Romero, el famoso arzobispo de San Salvador asesinado en 1980, a quien el Papa Francisco declaró mártir el pasado mes de febrero. Una vez más he tenido que respirar hondo, practicar ejercicios de autocontención y repetirme a mí mismo una y otra vez: “Neri, sosiégate, que en Roma saben más que tú”. Aunque todavía me dura el disgusto, estoy decidido a ejercitar mi acusado sentido de la disciplina y a tragarme al nuevo beato como un niño engulle la pescadilla que su madre le pone de cena: no porque le guste un pelo, sino porque mamá dice que es muy nutritiva y ella es la que manda.
Más de moda que el Che

Guiado por mis convicciones religiosas y por mi apego a la Iglesia, voy a esforzarme a partir de hoy mismo por desterrar los horribles prejuicios que todavía albergo hacia el prelado salvadoreño, casi unánimemente reconocido en toda la Cristiandad como un ardiente defensor de los derechos humanos. Creo que debo resetear el ordenador de mis recelos, limpiar de basura mi disco duro mental e investigar de nuevo, con más serenidad, la trayectoria de esta figura tan relevante para los seguidores de Cristo.

Tengo que arrancar de mi cerebro esa idea disparatada de que Óscar Romero fue un obispo débil y vacilante, un auténtico tonto del culo manipulado por el grupo de jesuitas de extrema izquierda que dirigía la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), entre ellos el proetarra Ignacio Ellacuría, redactor de sus homilías y cartas pastorales. Tengo que olvidarme de esa chorrada de que Monseñor, malmetido por estos jesuitas, se dedicó a condenar los actos violentos del Ejército y de los cuerpos de seguridad, obviando completamente los atentados de la “guerrilla” o pasando de puntillas por ellos, y de que acabó pringado hasta las cejas en el golpe de estado de 1979 contra el presidente Carlos Humberto Romero, apoyando a la Junta Revolucionaria de Gobierno resultante.

Tengo que abrir mi mente y superar esa idea preconcebida de que el arzobispo Romero hizo una interpretación reduccionista e ideologizada de la Conferencia Episcopal de Medellín, que no se le caía de la boca. Desde mi estrechez de miras yo siempre había creído que en esta Conferencia, cuyo fin fue aplicar el Concilio Vaticano II a la realidad hispanoamericana, se había vetado incluso el liderazgo político y la militancia de los sacerdotes, y que el arzobispo, pasándosela por el arco del triunfo, se postuló como personaje mediático y defensor de una facción concreta, la de sus amigos comunistas de la UCA. Por eso yo, en mi ignorancia, venía dando por sentado que fueron razones de índole exclusivamente política las que motivaron su injusta ejecución por un miembro de la Guardia Nacional salvadoreña, y que, al no ser el móvil del crimen “el odio a la Fe”, no tenía sentido declarar su santidad martirial.


He de concienciarme de una vez y empezar a tomarme muy en serio la nueva condición de beato, y muy pronto de santo, de este paladín del cristianismo cuyos méritos y hazañas eran tan desconocidos para mí, y al que yo hacía un blandengue sin personalidad, traído y llevado por unos y por otros. Baste decir que en sus últimas semanas de vida Juan Pablo II le había quitado la venda de los ojos, llegándole a convencer de que lo estaban manejando los teólogos de la liberación. Tras ser llamado al orden por el Vaticano, el pobre se lanzó a criticar en una homilía, pocos días antes de morir, los “excesos marxistas” de la “Iglesia Popular”. Tiene gracia la cosa.

Sin duda acabaré convencido de su santidad, pero algo me dice que no llevaré su imagen en la cartera ni le rezaré demasiado.

viernes, 24 de abril de 2015

¿URBANIDAD O SERVILISMO?


Por razones de trabajo últimamente tengo bastante contacto con profesores de universidad, y curiosamente el otro día me comentaba uno de ellos cómo le llamaba la atención la forma que tienen de tratar a los docentes los alumnos de origen hispanoamericano. Este profesor tiene en un aula a una mexicana, a un par de salvadoreños y creo recordar que a un peruano, y mientras que los alumnos españoles llegan tarde, charlan durante las clases y se repantingan en sus asientos como si fueran a dormir la mona, los sudamericanos se comportan con absoluta corrección. También me contaba que a diferencia de los estudiantes de aquí, que le tratan de tú, le abrasan con emails por cualquier tontada y le echan impetuosos pulsos en las revisiones de exámenes, los cholos jamás le apean el tratamiento, le dicen “profesor Cuesta”, piden todo por favor y no se les ocurre ni por asomo llevarle la contraria.

Este fenómeno puede tener (al menos) dos lecturas y de verdad que no tengo muy claro con cuál quedarme. 

Por una parte podríamos interpretar que en España hace mucho que los jóvenes han perdido los buenos modales y el sentido del respeto; que son unos nenes mimados, criados a los pechos del estado del bienestar en unas familias y con un sistema educativo que han desterrado hace mucho cualquier resquicio del principio de autoridad y les han inculcado la idea de que solo tienen derechos pero no deberes. Por contra, en nuestros antiguos territorios de ultramar perviviría un modelo social y pedagógico más tradicional y con mayor influencia religiosa en el que sigue siendo piedra angular la deferencia debida a padres, maestros y personas con experiencia o conocimientos superiores. De acuerdo con esta interpretación, los chavales iberoamericanos tendrían más educación y sabrían comportarse mejor que los españoles.

La otra apreciación, mucho menos amable con nuestros hermanos allende el Atlántico, sería que sus países pueden considerarse en la práctica auténticas repúblicas bananeras estamentales e infestadas de caciquismo en las que los ricos hacen y deshacen a su antojo, y los pobres agachan la cabeza. Al contrario que en Europa, donde está fuertemente arraigada la cultura democrática, en Hispanoamérica no es concebible el ejercicio transparente de ningún derecho individual: la única salida de los humildes es el conformismo y la sumisión perruna a los dictados de los de arriba. La corrupción y el analfabetismo que reinan en estas comunidades desde hace siglos han generado en los ciudadanos una mansedumbre casi genética, totalmente irreconciliable con cualquier reivindicación o con el trato de tú a tú con profesores u otras personas de cierta categoría social o cultural. Por lo tanto la actitud prudente los alumnos sudamericanos respondería más al servilismo que a la urbanidad.

¿Y vosotros cómo lo veis?

lunes, 30 de marzo de 2015

PERONISMO: "EL SUBSUELO DE LA PATRIA SUBLEVADO" (y 2) (por Tábano porteño)

La "tercera posición" según el pintor peronista Daniel Santoro (el avión Pulqui, fabricado en 1947 por iniciativa de Perón)

(Primera parte: Una brevísima historia)

2- Las ideas

Porque una de las cosas que asombran a quienes se acercan por vez primera al “orbe” justicialista es la disparidad ideológica extrema que hay entre las diversas corrientes surgidas del justicialismo. Y es que para comprender esto es preciso entender el concepto que tenía Perón de su partido, que en realidad no era tal sino “un movimiento que busca identificarse con toda la sociedad y organizar a esta desde el Estado a partir de una concepción nacional y popular que dé preeminencia a la justicia social”, según otro estudioso (de ahí, claro, el nombre de “justicialismo”); el talentoso Dr. C. Disandro, líder de una de las agrupaciones de la “ortodoxia” a la que nombraremos luego, consideraba al justicialismo un “humanismo cristiano”.

Pero ese afán de unanimidad impuesto al país, según el historiador crítico del peronismo T. Halperin Donghi, “impidió el desarrollo de un escenario político con fuerzas de derecha y de izquierda bien definidas o que expresen tendencias claramente identificables; pero esas pulsiones se darán dentro del mismo peronismo y serán mantenidas unidas por la figura del líder”. A su vejez, ya había varias “versiones” de peronismo y otras se manifestarán en años posteriores a su muerte (sigo básicamente la enumeración del Dr. E. Ratti): la “patria sindical” con eje en la UOM (Unión Obrera Metalúrgica), la “renovación” liderada por A. Cafiero, de convicción republicana; la neoliberal de Carlos Menem, posterior a la caída del Muro de Berlín; la “populista de izquierda” de los Kirchner. Todos ellos se dicen o dijeron peronistas.

Pero hubo también grupos radicalizados de izquierda en la juventud peronista, fundamentalmente Montoneros, FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias) y FAP (Fuerzas Armadas Peronistas), que recurrieron a la búsqueda del poder por la violencia en un principio impulsados por el propio Perón, que confiado en su capacidad estratégica pensaba que cuando él recuperara el poder iba a poder incorporarlos a la legalidad; grave error a mi juicio porque él mismo tuvo que echarlos de la Plaza de Mayo el día del Trabajador de 1974 (su último discurso público; moriría el 1° de julio), motejándolos de “estúpidos” e “ imberbes”. El enfrentamiento de estos grupos con los de la ortodoxia (esto es, la “derecha” peronista aunque quizá sea más claro hablar de “peronismo originario” o “peronismo de Perón”, para diferenciarlos de la vertiente neoliberal de Menem), entre los cuales los mayores eran el Comando de Organización , la Guardia de Hierro (que a pesar del nombre no tenía demasiado que ver con la organización de Codreanu), y la C.N.U., Concentración Nacional Universitaria, del citado C. Disandro, eran frecuentes hacia los años postreros del líder, y a su muerte su viuda Isabel, cercana a la ortodoxia, heredó la compleja situación que pareció incontrolable sin el carisma de su esposo junto a problemas varios en el frente económico-social, y es entonces que se producirá el golpe de estado del Proceso de Reorganización Nacional, que con el fin de restaurar el orden y combatir el terror de ultraizquierda (que estaba haciendo estragos, sin duda, y combatirlo era guerra justa), terminará volviendo a imponer un liberalismo extranjerizante con algunas de las mismas características de las que hablábamos al comienzo y que se dieron también en el 55.

Como conclusión dejo mi opinión personal: el peronismo original, la “ortodoxia”, que era seguramente el que Perón nunca abandonó aunque lo “camufló” por razones estratégicas (ante los años de avance del globalismo y la plutocracia liberal-socialista, alguien que buscara “soberanía política, independencia económica y justicia social” que eran las banderas esenciales de su movimiento, se las vería en figurillas) tiene aspectos con los que los que nos consideramos nacionalcatólicos podemos identificarnos en gran medida –y de hecho el peronismo del 45 fue apoyado por la mayoría de los intelectuales ligados al catolicismo-. Pero el carácter de “movimiento abierto” y la estrategia “pendular” de Perón (“Los hay ortodoxos, los hay heterodoxos. Los hay combativos, los hay contemplativos. Pero todos trabajan.” Perón dixit) generó un juego peligroso que terminó difuminando ese perfil originario que tenías tales aspectos valiosos, al punto que analistas de la propia ortodoxia calculan hoy que ésta no deber ser mayor al 5 % del peronismo actual. Magro presente para un movimiento que había comenzado prometedoramente.

domingo, 29 de marzo de 2015

PERONISMO: "EL SUBSUELO DE LA PATRIA SUBLEVADO" (1) (por Tábano porteño)


Era el subsuelo de la Patria sublevado
(R. Scalabrini Ortiz, “Al 17 de octubre”)


"Las patas en la fuente" según los antiperonistas (17 de octubre de 1945: trabajadores se refrescan en la fuente de Plaza de Mayo)


1- Una brevísima historia

 En la Argentina de 1943 el sistema que se conocería como “década infame” parecía haber agotado su ciclo. El régimen considerado como “oligárquico y conservador”, que para usar términos actuales tal vez tuvo ciertos logros “macroeconómicos”, se caracterizó por hechos que contrariaban los intereses nacionales; los más evidentes: el vergonzoso pedido del vicepresidente Roca para que Argentina fuese considerado como parte de la comunidad británica; la extranjerización en extremo de los resortes de la economía y las finanzas, los mega negociados en las carnes, la electricidad, las tierras, etc . Y en las clases populares: pobreza, desocupación y enfermedades endémicas; todo ello en el llamado “granero del mundo”. Según estudiosos de la época, la expectativa de vida era de 40 años y los analfabetos rondaban la cifra de 800.000.

El régimen imperante se aprestaba a imponer al sucesor del entonces presidente Castillo, pero algunos sectores políticos y del ejército buscarán impedirlo. A fines de 1942 surge una organización militar secreta, el GOU (“Grupo de Oficiales Unidos” o “Grupo Obra de Unificación”) que buscó, al decir del estudioso Fermín Chávez, ser “una respuesta al reacondicionamiento neocolonial de la Argentina”. Este grupo accede al poder el 4 de junio de 1943, acontecimiento considerado una revolución para los peronistas y un golpe de estado para los liberales.

El coronel Juan D. Perón, uno de los oficiales del GOU, pide ponerse al frente del Departamento del Trabajo, que poco después convertiría en Secretaría del Trabajo y la Previsión. Allí comenzó la constante labor en pro de las masas trabajadoras que iban reconociendo en el militar al líder que nunca habían tenido.

El protagonismo popular que adquiría Perón más ciertas disidencias internas en el grupo gobernante originaron un golpe en su contra el 8 de octubre de 1945; pero obtuvo del presidente Farrell el permiso de dar un mensaje de despedida por radio, en el que llamó a “defender las conquistas sociales otorgadas”, lo que le valió el arresto. El 17 de octubre se produjo una enorme manifestación popular, organizada básicamente por gremialistas, pidiendo su libertad, lo cual obtuvieron la misma noche; desde entonces el 17 de octubre es el “día de la lealtad”.

Se convocaron elecciones para el año siguiente, y Perón, apoyado por una coalición de sindicalistas revolucionarios en su mayoría más disidentes del Partido Radical y algunos conservadores, ganó ampliamente, iniciando los casi 10 años de sus dos primeras presidencias.

Este “primer peronismo” de 1946-1955 se caracterizó por la defensa de los derechos laborales y de la niñez (“los únicos privilegiados son los niños”), el impulso de la industrialización del país con el Estado como regulador de la economía y la presencia estatal en los sectores económicos estratégicos: trenes, energía, banca, comercio exterior (con el “IAPI”: Instituto Argentino para la Promoción del Intercambio), la “tercera posición” en política internacional (“ni yanquis ni marxistas / ¡peronistas!”) y la búsqueda de alianzas con países hermanos (“ABC” se llamó un proyecto, por Argentina – Brasil – Chile). En la acción social era especialmente relevante la ayuda de la esposa Eva, cuya muerte en 1952 fue conmocionante para el movimiento.

El movimiento se sostuvo en tres “ramas”: la política, la sindical y la femenina; posteriormente se agregaría una cuarta, la “juventud peronista”.

Ya en la segunda presidencia empieza a advertirse un crecimiento de la violencia política y ciertas dificultades en la economía, y se produce un hecho primordial que influirá en la caída de Perón en 1955: el deterioro creciente de las relaciones con la Iglesia, la cual en el principio lo había apoyado (y que incluirá un hecho gravísimo: la quema de varios templos de la zona norte de la ciudad de Buenos Aires como reacción a un intento de derrocamiento hacia Perón); y con la Iglesia de gran parte de la clase media. Los llamados de Perón a defender el gobierno se sucedieron, varias veces con llamados a la violencia impropios de un estadista (“Y cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de los de ellos”). 


En 1951 se produce un intento de golpe que fracasa, y en 1955 la “Revolución Libertadora” derroca al General, quien partirá al exilio por 17 años (gran parte de ellos en España). Desde allí dirigirá la lucha por su vuelta al poder y en esos años se verán sus actitudes “pendulares”, polémicas, que llevarán a la polarización a sus seguidores pero todos o la gran mayoría siempre sujetos a la voluntad del líder.



(En el post de mañana Tábano porteño nos hablará de los principios ideológicos y de las "ramas" del peronismo)

jueves, 15 de enero de 2015

LA COMUNIDAD AUTÓNOMA DE PUERTO RICO

Bandera de la antigua provincia española de Puerto Rico

Desde finales de 2013 una iniciativa aparentemente exótica pero con un fundamento histórico indiscutible avanza posiciones en Puerto Rico y tiene una presencia creciente en la prensa internacional y en las redes sociales. Se trata del Movimiento de Reunificación de Puerto Rico con España (MRE), liderado por José Nieves, que reivindica la conversión de la isla caribeña en la comunidad autónoma española número 18. El retorno a la Madre Patria es una opción que ha ido ganando cada vez más adeptos entre los boricuas tras el referéndum celebrado en 2012 sobre el estatus jurídico de su territorio, actualmente un estado libre asociado de los Estados Unidos. Se estima que más de un 10% de la población puertorriqueña apoyaría esta reincorporación a España, pero ¿cuál es el origen de este movimiento?, ¿qué viabilidad política y jurídica tiene?

La isla de Puerto Rico fue descubierta por Cristóbal Colón en su segundo viaje, en 1493, y colonizada por Ponce de León. Disputada durante siglos con la Pérfida Albión, llegó a ser la primera provincia española de Ultramar y en 1897 obtuvo una Carta Autonómica, que es considerada como el primer estatuto de autonomía concedido en nuestro país, en la que se otorgaban amplias facultades legislativas a un parlamento insular con dos cámaras.

Durante la Guerra Hispano-Estadounidense, los americanos conquistaron la isla y, tras nuestra derrota, el gobierno español se vio obligado a cedérsela, junto con Guam y Filipinas, a cambio de veinte millones de dólares, en el famoso Tratado de París de 1898, considerado nulo por muchos analistas dada la ausencia de representantes del gobierno autonómico de Puerto Rico en el proceso de negociación y firma de este instrumento internacional.



Desde entonces, Puerto Rico ha sido una simple colonia estadounidense, designada hoy con el eufemismo de “estado libre asociado”. Aunque formalmente los puertorriqueños son ciudadanos de los Estados Unidos desde 1917, en la práctica se trata de un territorio de segunda categoría de la superpotencia americana, sin derecho a congresistas ni a participar en las elecciones presidenciales, lo que provoca desde hace décadas un profundo malestar en la población. En 2012 se celebró un plebiscito con dos preguntas, cuyos resultados evidenciaron un rechazo del pueblo boricua a su actual estatus político-territorial y su deseo mayoritario (45%) de pertenecer a USA como un estado más, en plenitud de derechos.

A pesar de estos resultados, el Gobierno de los Estados Unidos se limita a hacer bonitos discursos y declaraciones de intenciones pero sin mover un dedo para hacer efectiva la conversión de Puerto Rico en su estado número 51. Las razones de esta resistencia son muy variadas. Actualmente, lejana ya la Guerra Fría, la isla ha perdido para los gringos todo valor estratégico y militar; hace tiempo que ha dejado de ser un paraíso fiscal y, lo más importante, el volumen de población de la isla implicaría un gran peso en la Cámara de Representantes, mayor que el de muchos estados clave, algo que los racistas anglosajones no están dispuestos a tolerar. Estados Unidos es un país pragmático que no ve beneficio económico alguno en compartir patria con una pobre islita con más de un 80% de nativos que no habla inglés.

Es en este contexto cuando surge el Movimiento de Reunificación con España, no queda muy claro si por el fuerte sentimiento españolista de una parte de la población o más bien como reacción despechada al desprecio yanqui. En todo caso, los inteligentes puertorriqueños se dan cuenta de que el nivel de autonomía de cualquiera de las actuales comunidades autónomas españolas (incluso el de su antigua Carta Autonómica) es muy superior al que "disfrutan" como territorio asociado de Estados unidos. Así “regresar a casa” es una posibilidad que muchos contemplan como vía para obtener su ansiada igualdad política, resarcirse de sus históricos agravios comparativos y recuperar sus innegables raíces hispanas, hoy en día menospreciadas por una política educativa que se regodea en la Leyenda Negra.


¿Pero cuál debería ser, en teoría, la hoja de ruta correcta para alcanzar el objetivo del MRE? Desde luego es un reto complicado pero a la vez muy interesante de analizar desde el punto de vista jurídico. El primer paso lógico sería que Puerto Rico denunciase el Tratado de París ante el Tribunal Internacional de La Haya. Si se obtuviera un pronunciamiento favorable a su nulidad, habría que preguntarse en qué situación quedaría la isla y si sería posible su conversión directa en comunidad autónoma siguiendo los pasos del Capítulo III del Título VIII de nuestra Constitución o sería exigible la firma previa de un tratado internacional entre España y  Puerto Rico de los previstos en el artículo 94.1-c) (con autorización de las Cortes Generales), toda vez que se verían afectados los límites del territorio español.

En cualquier caso, y desgraciadamente, se me antoja bastante utópica esta unión política con nuestros hermanos de sangre del noroeste caribeño, pues la idea no solo chocaría con la resistencia activa de Estados Unidos y de la comunidad internacional (que difícilmente anularía el Tratado de 1898), sino con los propios recelos del indigenismo local, empeñado en idealizar la cultura tahína, renegar de todo vestigio español y restregarnos los abusos de la encomienda y demás cuentos urdidos por los ingleses. 

domingo, 1 de diciembre de 2013

DIALECTO ANDALUZ



Me cuenta una compañera que ha veraneado este año en Cádiz que su hijo de cinco años estaba horrorizado porque no entendía ni papa a los niños de allí cuando intentaba jugar con ellos. Se pensaba el pobre crío que hablaban otro idioma, que estaba en el extranjero.

A la vez me entero estupefacto de que Málaga ocupa el segundo lugar del ranking nacional de destinos preferidos por los extranjeros para aprender la lengua castellana (después de Salamanca). No sé si reír o llorar, de verdad. Aún dudo si esto es una coña, pero, de ser cierto, el fulano que haya convencido a ingleses, suecos,  alemanes o franceses de que la Costa del Sol es el mejor sitio para perfeccionar el español me parece un comercial cojonudo, un genio, vamos. Porque si los profesores son malagueños, a los pobres alumnos, cuando acaben sus cursos, no los va entender ni Rita al norte de Despeñaperros.

Otro apunte, aunque no tiene mucho que ver, es que Barcelona figura también como una de las opciones favoritas de los guiris para ir a estudiar la lengua cervantina. Por lo visto allí tienen las mejores ofertas e infraestructuras del país para acoger este turismo idiomático. Con esto se me plantean otras reflexiones más políticas y más amargas, y se me escapa sin querer un “manda huevos”. No cabe duda de que los barceloneses son más fenicios que catalanistas.

Mapa de los defectos lingüísticos de Andalucía, que ellos llaman "dialecto".
Pero volviendo a los andaluces, yo me pregunto por qué demonios siguen empecinados en hablar como hablan, tan orgullosos de su lamentable deformación del castellano, y por qué insisten encima en que ese trabalenguas vergonzoso con el que se expresan (con el apoyo de sus instituciones) debe denominarse "dialecto andaluz". ¡Pero qué dialecto! Comerse letras para ahorrar tiempo y no pronunciar los fonemas más difíciles para no cansarse no es ningún dialecto. Aquí no estamos hablando de formas verbales específicas, de construcciones gramaticales propias y ni siquiera de un vocabulario verdaderamente identitario (como sucede en los dialectos hispanoamericanos del español), sino simple y llanamente de un conjunto de incorrecciones -con mucha solera, eso sí- elevadas casi al rango de lengua regional, algo tan típico de España, donde sacamos pecho por todas nuestras miserias. El “andaluz” ni siquiera tiene una tradición escrita o literaria como los auténticos dialectos. Es, ni más ni menos, una manera de hablar mal el español. Más que dialecto, será un habla en el mejor de los casos. 

De veras que echo en falta algún organismo que vele muy seriamente para que desde las primeras etapas escolares se enseñe a los niños de toda España no solo a escribir, sino también a hablar con total corrección la lengua española, que es el mayor tesoro cultural que poseemos. Un organismo con amplias facultades que enseñe de una puñetera vez a los andaluces a sacarse la patata de la boca cuando hablan; a los castellanos del norte a desterrar su leísmo y su laísmo, que hacen daño a los oídos; a los vascos a conjugar; a los gallegos a emplear los tiempos verbales adecuados y a los catalanes a no mezclar el castellano con el català.

Una cosa es el bello (o no tan bello) acento característico de cada región y otra destrozar el idioma.

Yo creo que en dos generaciones podría lograrse que los gaditanos hablasen como si fueran de Segovia de toda la vida.

De todos modos leyendo sobre estos temas he encontrado una frase buenísima de Max Weinreich que ilustra a la perfección sobre el componente tantas veces político que tiene la clasificación de una determinada variedad lingüística como lengua o como dialecto, pero, por favor, que no se me crezcan los andaluces con la frase, que no va por ellos, no: 

“Una lengua es un dialecto con un ejército y una marina”


Sobre este mismo tema en La pluma: El español de Valladolid

sábado, 12 de octubre de 2013

FELIZ DÍA DE LA HISPANIDAD

SALUTACIÓN DEL OPTIMISTA

Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda,
espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!
Porque llega el momento en que habrán de cantar nuevos himnos
lenguas de gloria. Un vasto rumor llena los ámbitos; 
mágicas ondas de vida van renaciendo de pronto; 
retrocede el olvido, retrocede engañada la muerte,
se anuncia un reino nuevo, feliz sibila sueña,
y en la caja pandórica de que tantas desgracias surgieron 
encontramos de súbito, talismánica, pura, riente,
cual pudiera decirla en sus versos Virgilio divino,
la divina reina de luz, ¡la celeste Esperanza!

Pálidas indolencias, desconfianzas fatales que a tumba 
o a perpetuo presidio, condenasteis al noble entusiasmo, 
ya veréis el salir del sol en un triunfo de liras,
mientras dos continentes, abandonados de huesos gloriosos,
del Hércules antiguo la gran sombra soberbia evocando, 
digan al orbe: la alta virtud resucita,
que a la hispana progenie hizo dueña de siglos.

Abominad la boca que predice desgracias eternas, 
abominad los ojos que ven sólo zodíacos funestos, 
abominad las manos que apedrean las ruinas ilustres
o que la tea empuñan o la daga suicida.
Siéntense sordos ímpetus en las entrañas del mundo,
la inminencia de algo fatal hoy conmueve la tierra; 
fuertes colosos caen, se desbandan bicéfalas águilas,
y algo se inicia como vasto social cataclismo
sobre la faz del orbe. ¿Quién dirá que las savias dormidas
no despierten entonces en el tronco del roble gigante
bajo el cual se exprimió la ubre de la loba romana? 
¿Quién será el pusilánime que al vigor español niegue músculos
y que al alma española juzgase áptera y ciega y tullida? 
No es Babilonia ni Nínive enterrada en olvido y en polvo 
ni entre momias y piedras, reina que habita el sepulcro,
la nación generosa, coronada de orgullo inmarchito,
que hacia el lado del alba fija las miradas ansiosas,
ni la que, tras los mares en que yace sepulta la Atlántida, 
tiene su coro de vástagos, altos, robustos y fuertes.

Únanse, brillen, secúndense, tantos vigores dispersos: 
formen todos un solo haz de energía ecuménica.
Sangre de Hispania fecunda, sólidas, ínclitas razas, 
muestren los dones pretéritos que fueron antaño su triunfo.
Vuelva el antiguo entusiasmo, vuelva el espíritu ardiente 
que regará lenguas de fuego en esa epifanía.
Juntas las testas ancianas ceñidas de líricos lauros
y las cabezas jóvenes que la alta Minerva decora,
así los manes heroicos de los primitivos abuelos,
de los egregios padres que abrieron el surco prístino, 
sientan los soplos agrarios de primaverales retornos
y el rumor de espigas que inició la labor triptolémica.

Un continente y otro renovando las viejas prosapias, 
en espíritu unidos, en espíritu y ansias y lengua,
ven llegar el momento en que habrán de cantar nuevos himnos.
La latina estirpe verá la gran alba futura:
en un trueno de música gloriosa, millones de labios 
saludarán la espléndida luz que vendrá del Oriente, 
Oriente augusto, en donde todo lo cambia y renueva
la eternidad de Dios, la actividad infinita.
Y así sea Esperanza la visión permanente en nosotros, 
¡ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda!