jueves, 30 de diciembre de 2010

PINTAS

Hoy voy a hablar de un aspecto de mi persona que nunca he tratado: el estilo de ropa que me gusta. De este dato puede deducirse la pinta que tengo. Cuando leo una novela siempre intento imaginarme cómo serán los personajes y cuando leo un blog no puedo evitar hacerme también una idea mental sobre el físico o el aspecto de sus autores. Si alguna vez algún lector de La pluma (o mejor lectora) se ha hecho este tipo de preguntas sobre Al Neri, hoy voy a dar alguna pista para satisfacer su curiosidad. Además hay que tener en cuenta que, de la gente que lee y participa en este blog, no me conoce casi nadie (y no tengo el mínimo interés en que me conozcan en persona, aunque admito tener tentaciones de conocer a varios lectores concretos).

Para empezar advierto que voy a describir mi “pinta de sport”, ya que a trabajar voy con traje o al menos con chaqueta y corbata.

Bueno, vamos allá, de arriba a abajo:

- Siempre llevo la cabeza descubierta salvo cuando salgo de vacaciones en verano, que suelo llevar varias gorras de visera (las colecciono). Desde muy joven he tenido la tentación de llevar boina negra castellana, que me encanta, pero nunca le he echado cojones.

- En invierno siempre suelo llevar bufanda, que es una prenda que me parece muy elegante y personal. Cuando voy de sport casi siempre voy con una bufanda negra, que no me quito ni en los bares al dejar el abrigo.

- Prefiero las camisas a las camisetas, aunque de unos años a esta parte suelo llevar camisetas de manga larga de un solo color, generalmente negras o caquis. Mis camisas favoritas son las de tonos azules y negros, aunque a veces también me decanto por marrones. Casi siempre oscuras. En verano, evito en lo posible la manga corta.

- No me gustan nada los jerseys, aunque a veces los llevo por comodidad. Mi prenda predilecta es la chaqueta de punto o la americana. Visto americana con mucha frecuencia, sobre todo azul marino o marrón de pana como Felipe González.

- Me encanta la combinación de jersey fino con chaqueta de pana y una bufandita negra.

- Últimamente llevo bastante sudaderas de “vestir”, de las del Decathlon.

-Mis prendas de abrigo predilectas son sin duda las militares o las de corte militar, así en verde o caqui, con hombreras, capucha de borreguito verde y muchos bolsos. Las colecciono en todas sus variantes, así que siempre que veo una cazadora, una trenca o una coreana de este estilo, me la suelo comprar. También me vuelven loco las cazadoras bomber y de ese estilo.

- En versión más formal, suelo ponerme una trenca de paño o, más frecuentemente, una parca de nylon oscura de sport.

- En invierno siempre visto guantes negros de piel.

- Generalmente llevo vaqueros azules oscuros, negros o grises. Los que más me gustan son los grises descoloridos. Suelo ir también con chinos de color azul marino o beige.

- Llevo slip, como Dios manda. Nada de mariconeces.

-Visto casi todo el año calcetín negro muy fino tipo ejecutivo.

- Me apasionan las botas y, las que más, las militares. Llevaría botas militares todo el día, pero las últimas que usé me acabaron mancando, así que suelo llevar un zapato negro corriente de cordones. Otro calzado que me gusta mucho son los botines de caballero con cremallera (omitid las bromas) y, más informalmente, los zapatos de la marca Camper. No uso zapatilla deportiva más que en el gimnasio y bota de trekking cuando voy de turista.

Ahora les toca a los lectores, que uno también tiene curiosidad. Absténgase Aprendiz de Brujo, que el uniforme de pijo ya nos lo sabemos.

martes, 28 de diciembre de 2010

LOS ESPAÑOLES SOMOS UNOS SALIDOS (y 3)


Haced por un momento un ejercicio de retrospección. Escuchad la canción del post o cualquier otro éxito setentero de las Buby girls, y, al tiempo que suena el emblemático "da-daba-daba...", imaginad unos cuantos primeros planos rápidos y alternos de los ojos saltones de un Landa, de un Pajares o de un López Vázquez, y del culo o las piernas de varias jovencitas en bikini paseando por la playa. A veces el cachondo de turno resopla y exclama: “ay madre, ay madre”, mientras gira la cabeza, cual niña de El Exorcista, siguiendo los andares de una rubia. Esta escena tan tipicorra puede culminar con un intento del patán, generalmente acompañado por un amigote, de ligar con las suecas voceando “¡guapas, espanis toro bravo, don juan…!, ¡ ay, Manolo, que hemos ligao!”, o más frecuentemente con la aparición de su santa o de su suegra, cuando no del cura del pueblo, que le corren a gorrazos.

Doctor, me gustan las mujeres, ¿es grave?; La miel; Cera virgen; Fin de semana al desnudo; No desearás al vecino del quinto; Pepito piscinas y, por supuesto, las cintas inolvidables de Mariano Ozores, sobre todo las protagonizadas por Esteso y Pajares… Estamos hablando del cine de destape de los setenta y ochenta.

El cine de destape, si bien se inspira indirectamente en algunas películas italianas, es en realidad un fenómeno estrictamente nacional y absolutamente inexportable. Vamos, un producto típico para consumo interno. Nos guste o no, España no es solo Las Navas de Tolosa, los Reyes Católicos, por el Imperio hacia Dios, la guerra contra herejes y comunistas, la Conquista de América, la lucha heroica contra los principios de la Revolución Francesa, el 2 de mayo o el 18 de Julio. España también es Mirta Miller, Susana Estrada o Norma Duval quedándose en bragas sin venir a cuento, yo qué sé, porque les molesta un uñero, perseguidas por Esteso en calzones al grito de “ven, mozaaaaa, que ya hay divorciooooo”, y con el estribillo del "daba-daba-daba" de fondo.

La historia sexual de España daría sin duda para rodar una larga y absurda película de destape. En las primeras escenas debería presentarse a un pueblo noble pero apasionado, instintivo y un pelín primario. Pronto haría aparición el personaje de un cura castizo, simbolizando al clero patrio e interpretado por Agustín González. El páter estaría naturalmente obsesionado por el Sexto Mandamiento, como si no hubiera más pecados, y viviría dedicado en cuerpo y alma a evitar las “caídas” carnales de sus feligreses, valiéndose de los métodos más grotescos e hilarantes. Recortaría los besos de las películas del cine, boicotearía la antena del repetidor del pueblo cuando en la tele dieran bailes de cabaret y recorrería la era los domingos arreando boinazos a las parejas más insensatas: “¡Gorrinos!, ¡hay que casarse!”

La historia terminaría con medio pueblo visitando a escondidas el puticlub o yendo a ver pelis picantes a Perpignan. Los jóvenes no perderían ocasión de tocar el culo a las mozas y se pondrían como motos ante un solo centímetro involuntario de sujetador.

Quizá mi sentido del humor sea demasiado tosco o elemental, pero admito reírme muchísimo con las películas de destape. No puedo evitar llorar de risa al ver tan cómica y a la vez tan patéticamente reflejada la actitud de tantos varones españoles en una época de brusca transición entre el “todo tapado” y el “todo el campo es orégano”. Fue un cambio demasiado brutal como para que la peña no se quedara con la boca abierta y los ojos atónitos ante las piernas de las turistas y de las Buby girls.

En España siempre hemos sido gente buena pero extremosa hasta en la virtud. Y en nuestro afán por defender la moral sexual y la pureza, hemos incurrido en tales desproporciones y desatinos que a veces uno se sorprende de que los españoles no estemos todavía más salidos de lo que estamos.

lunes, 27 de diciembre de 2010

EL PLACER DE DORMIR


Hay un placer de la vida que para mí está poco reivindicado y es el de dormir.

Parece que al lado de otros deleites que se disfrutan de forma más activa y consciente, como son los del paladar o los llamados placeres del tacto, el gozar de la cama en sentido onírico, que no carnal, se considera por muchos como una pérdida de tiempo, unas horas no vividas o desperdiciadas…

Pero yo soy un gran paladín de los placeres del sueño.

Como gran defensor de la disciplina y, sin embargo, gran indisciplinado en la práctica, siempre he llevado muy mal lo de madrugar. Ya recuerdo de pequeño que me costaba horrores levantarme para ir al colegio, pero sigo teniendo el mismo problema. Nunca me he acostado especialmente tarde, por lo que intuyo que debo de padecer alguna disfunción del sueño o que simplemente necesito dormir más horas que los demás. También sospecho que mi sueño es excesivamente profundo y que por eso me cuesta tantísimo despertar.

Creo que una de las causas de mi dificultad para madrugar es que he pasado bastantes años de mi vida sin necesidad de hacerlo, es decir sin hora de levantarme. Durante toda la carrera tuve horario de tarde y después fui un opositor que rara vez se desperezaba antes de las 9.30.

Sea cual sea la razón, lo cierto es que por la mañana a primera hora estoy bastante agilipollado y tengo una cara que es un poema. Hablo con voz ronca, camino con cierta torpeza y soy literalmente incapaz de mantener una conversación normal, y no digo ya de trabajo. Hasta las 9 por lo menos no se me va la caraja.

Pero lo mejor son los fines de semana o días de fiesta, que aprovecho, en la medida de mis posibilidades y obligaciones, para dormir como un bebé todas las horas que puedo. Como un bebé es un decir, pues desde hace casi diez años rara vez duermo seguido durante toda la noche y casi nunca más de nueve o diez horas, cuando en mis viejos tiempos me daba unas panzadas a sobar que no veas. Lo que está claro es que disfruto mucho de la “actividad” de dormir. Incluso disfruto más por el hecho de despertarme varias veces por la noche; es como si así fuera más consciente de lo que estoy gozando en la cama, tan a gustito, sobre todo cuando miro el despertador y veo que me quedan todavía 3 ó 4 horas…. ummmmm… ¡Me duermo de solo pensarlo!

Acumulo mucho cansancio entre semana entre madrugones y tensiones varias (no solo las derivadas de mi trabajo, sino las propias de un tipo de naturaleza nerviosa como yo), de modo que un sueño reparador supone para mí uno de los mayores gustazos. Me levanto como nuevo, con otra cara, sintiéndome casi otra persona.

Reivindico esta modalidad de placer de alcoba aun a riesgo de que me acusen de perezoso

Sin embargo, y aunque pueda parecer contradictorio, detesto las siestas. Muy rara vez son voluntarias y siempre que me las echo es en fin de semana, de forma accidental y tirado de cualquier manera en un sillón. Encima soy incapaz de hacer una siesta jesuítica de diez minutos. Como me quede planchado a las cuatro, no “amanezco” por lo menos hasta las cinco y media, y siempre hecho polvo por la postura, incómodo, aturdido y con una mala leche considerable.

En fin, que dormir es un placer como cualquier otro o quizá mejor que cualquier otro…

viernes, 24 de diciembre de 2010

ASÍ PASARÁ ALGUNO LA NOCHEBUENA

¿Dónde van a cenar algunos esta noche? ¿En las sedes de UGT o de Comisiones Burguesas? Perdón quería decir obreras aunque no sé por qué.


Pues no, cenarán en los comedores de Cáritas.
Gracias a Dios que ni a mí ni a ninguno de mis seres queridos le sucede esto. De sufrirlo, me presentaría en la Moncloa o en Ferraz con un palo. Se me pone un nudo en la garganta.


He decidido enviar este vídeo al Presidente del Gobierno junto a una carta en la que solicito su dimisión como regalo de Navidad. Quien quiera hacerlo puede utilizar este enlace.


miércoles, 22 de diciembre de 2010

EL GORDO NO ES PARA TANTO

Me hace gracia lo idealizado que tenemos el Gordo de la Lotería de Navidad cuando si nos paramos a pensarlo no supone tanto dinero. De hecho, no creo que a casi nadie le compensara dejar de trabajar si le toca.

El Premio Gordo supone 15.000 euros por euro jugado, es decir 300.000 euros por décimo. Suponiendo que hubiéramos comprado dos décimos del número ganador (que es ser demasiado optimistas), nos llevaríamos algo menos de 100 millones de las antiguas pesetas.

Con cien millones de pelas se pueden tapar muchos agujeros, pero desde luego a una persona con trabajo no le iba a cambiar la vida. Con 100 kilos yo no podría por ejemplo, ni comprarme una casa a mi gusto en todo el centro de mi ciudad.

En un plazo fijo este dinero no nos daría al año ni 30.000 euros de rendimiento. Vamos, que habría que seguir madrugando y pringando como matados, igual que hasta entonces.

Nada que ver con los premios de la Bonoloto y la Primitiva.

¿Qué?, cómo se nota que no me ha tocado el Gordo, ¿eh?

lunes, 20 de diciembre de 2010

ENEMIGOS


Hay un tipo de persona que me asquea, y son aquellos que están dispuestos a hacer cualquier cosa y a tragar con lo que haga falta con tal de caer bien, de no tener roces, de no ganarse enemigos.

Es innegable que hay gente que cae mucho mejor que otra, qué le vamos a hacer. Hay tipos más simpáticos, más bordes y con mejores o peores habilidades sociales. Hay sujetos que parece que han nacido para cagarla y para levantar ampollas allá por donde van, mientras que otros están dotados de un especial don de gentes que les hace agradables a casi todo el mundo. Admiro mucho a estos últimos, pero subrayo lo de “a casi todo el mundo”, porque no es normal caer bien siempre a todos en cualquier circunstancia. Es para sospechar.

Cuando topo con alguien al que no se le conocen enemigos, me digo: mira, un pelele que se lo traga todo; un blandito que nunca discute ni se enfrenta, que no sabe decir “no” y que siempre cede para llevarse genial con todo bicho viviente. O sea un mierdecilla.

Tener enemigos es para mí un indicio evidente de carácter, de personalidad, de coherencia, de honestidad y a menudo de éxito.

Lo ideal desde luego es alcanzar la máxima sintonía con todos los que nos rodean. Mi objetivo es ser comprensivo, agradable, flexible dentro de mis posibilidades, servicial y educado con mis compañeros o conocidos. Pero, claro, se trata de un objetivo del que a menudo he de apartarme, muy a mi pesar, para no convertirme en un tontaina que baila al son de los intereses o caprichos ajenos solo a cambio de no ver malas caras.

Y es una regla de oro: En cuanto niegas algo, en cuanto pones firme a alguien, en cuanto dices las cosas como son y en cuanto no pasas por el aro, ¡zas!, se acabó el buen rollito y ya tienes a un tío poniéndote mal gesto, hablando mal de ti a tus espaldas o reservándose una futura zacadilla. O sea un enemigo.

Pero es necesario elegir: o pones el culo para todo o tienes enemigos. No hay más cáscaras.

Luego están los enemigos que uno se gana por culpa de ese sentimiento tan rastrero que es la envidia. Ya puedes tratar a alguien con el mayor mimo y delicadeza, y esforzarte en minimizar las evidentes diferencias de cualquier tipo que existen entre él y tú, que como te tenga envidia, padecerás un enemigo de por vida. Da igual que aquello en lo que te envidia sea importante o superfluo, real o imaginario. Da igual que el fulano en cuestión atesore otras virtudes o talentos que tú podrías envidiar de él. Da igual que exista una amistad oficial entre vosotros. El envidioso será tu enemigo eterno y se alegrará de cualquier desliz, sinsabor o desgracia que puedas tener.

El caso más triste sin duda es cuando el envidioso resulta ser un amigo nominal, y digo nominal porque, claro, cuando resulta que en tu grupo de colegas hay un hijo de puta que no hace más que hacerte trajes y echarte palos a la rueda, aunque luego se haga el buenín cuando estás delante, pues, no sé, yo prefiero no llamarle amigo auténtico.

Ya digo que en todo caso tener algún enemiguillo por ahí es buen síntoma, al menos de que algo de lo que tú consideras una vida corriente y unas capacidades normalitas puede llegar a ser objeto de deseo. ¡Qué ilu!

jueves, 16 de diciembre de 2010

OPERACIÓN B.S.O. (5): "UNO DE LOS NUESTROS" Y "CASINO"

Hay dos películas que me fascinan. Seguramente estén entre mis diez favoritas. Tienen en común el director (Scorsese), el reparto, la temática y unas bandas sonoras inolvidables no compuestas para la peli, sino integradas por diferentes canciones de época.

Se trata de Uno de los nuestros (Goodfellas, 1990) y Casino (1995). Dos obras maestras irrepetibles.

Ambos filmes terminan con el asesinato en serie por la mafia de un grupo de personas. Estas secuencias finales están soberbiamente montadas y llegan a dejar sin respiración, pero lo que más impresiona es el tema musical que acompaña a cada una de ellas, que a mí me pone los pelos de punta.

Me refiero a los acordes finales a piano de Layla, de Eric Clapton, en Uno de los nuestros (vídeo de YouTube), y a House of the rising sun, de Eric Burton, en Casino (enlace de Goear). No os los perdáis.

Y aprovecho que hablo de estas películas para plantear un reto y a la vez pedir un favor a los melómanos y cinéfilos lectores de La Pluma. Resulta que soy incapaz de identificar mi canción favorita de Casino. Aunque por supuesto tengo el disco de la banda sonora, por algún motivo que desconozco (sucede con bandas de otras películas) este tema en concreto no aparece en el CD doble.

Al enterarse Nicky Santoro (Joe Pesci) de que la Comisión de Juego le ha incluido en la lista negra (“la misma lista que Al Capone”), le dice a Sam Rothstein (Robert de Niro): “Tengo que hacer algo… y voy a hacerlo. No se librarán de mí. No señor, yo me quedo aquí. Que se jodan. Que se jodan”. Entonces el violento Santoro se trae a su “equipo” de delincuentes y comienzan a desvalijar Las Vegas, a robar con butrones y a asaltar joyerías, contando con el chivatazo de botones y recepcionistas de hotel untados. Quiero saber precisamente cuál es la canción de rock que acompaña a estas escenas y que comienza justo en el minuto 57, después de estas palabras de Pesci.

¡
Muchas gracias!

lunes, 13 de diciembre de 2010

EL ARTISTILLA

Lo peor que nos puede pasar en esta vida es tener un conocido con ínfulas de artista. No hay nada más patético, más insufrible y que produzca más vergüenza ajena que alguien absurdamente empeñado en que tiene vena creativa y dispuesto a todo por demostrárselo a los que le rodean, cuando a todas luces Dios no le dotó con las habilidades de las que presume o, al menos, no al nivel que él pretende.

Sálvanos, Señor, de estos artistillas.

El artistilla tiene mucho peligro. Si pinta, su familia tendrá que sufrir sus cuadros en el salón durante años. Si nos sale fotógrafo, Dios nos coja confesados con sus experimentos y sus brasadas. Si canta o hace música, es para salir corriendo, para no acercarse a él por si acaso te toca algo (de su música). Si escribe, es lo peor de todo, especialmente si hace versos (¡socorro!) o si tiene un blog. Los niveles de coñazo petulante a los que pueden verse expuestas sus amistades no conocen límite.

Es fácil diferenciar a un amigo con un hobby de un puto artistilla. El que tiene una afición, aprende, mejora, ensaya, dedica una parte de su tiempo libre. Disfruta mayormente sin dar el peñazo a nadie. El pseudoartista en cambio se cree tocado por una varita mágica; se supone distinto a los demás, privilegiado por dones naturales o por alguna musa inalcanzable para los simples mortales. Viste con un estilo muy personal, es decir como un payaso quince años más joven; da por sentado que su condición de “creador” sensible y bohemio pone a todas las tías a sus pies…

Huye del artistilla. Dile a la cara que es un peñazo. Cachondéate, a ser posible en público, de sus obras horripilantes. No le des alas ni lo tomes en serio. Reedúcalo. Estás a tiempo.

domingo, 12 de diciembre de 2010

EL COMENTARIO DE LA SEMANA (53): HACER TRAMPAS JUGANDO AL SOLITARIO

Los mejores comentarios de las últimas semanas han sido:


I-
"Siempre admiraré a cualq
uiera que (dentro de la ley) sepa vivir consecuentemente a sus ideas. También, no obstante, seré indulgente con quien se separe de ellas mientras no se engañe a sí mismo. Nada hay más triste que aquéllos que se hacen trampas jugando al solitario. (...)"

Autor
: Zorro de Segovia
Entrada: La tormenta perfecta


II- "No me
parece adecuado que los católicos vivamos en una burbuja, aislados del resto del mundo. Además de por ser algo dificil de realizar, porque va contra uno de los aspectos esenciales del catolicismo: predicar la Buena Nueva a todos los hombres.

Por otra parte, es verdad que vivir en un ambiente
católico ayuda y mucho... pero en el mar más peligroso que las tormentas perfectas son los sincronismos... que terminan, si uno no cambia la velocidad o el rumbo del barco, en un ojo de mar que te engulle.

Ese sincronismo es una doble vida. Uno va compaginando
todo hasta que un día la vida fácil devora a la otra. Por desgracia he conocido a católicos que vivían una doble vida hasta que un día después de 20 años de matrimonio el tío se largó con una colombiana de la edadde su hijo.

Por otra parte, conozco a no católicos no sólo super buenas personas, sino que viven
la ley natural de una forma que ya quisiera yo. De hecho mi mejor amiga es agnostica y es todo un ejemplo para mí. Además de tener toda la paciencia del mundo de acompañarme a Misa.

La religión católica te ayuda a luchar por ser mejor persona.
Pero ser católico no significa ser perfecto, ni ser mejor que otra pesona.

Pero como consecuencia de nuestra
condición de católicos, nace la exigencia de tratar de testimoniar a Cristo en nuestra vida: en la familia, en el trabajo, con los amigos... Una lucha que exige coherencia entre lo que pensamos y lo que vivimos. Y que exige oración, para no sucumbir ante el desaliento...

¿Y si caemos? pues
nos levantamos, nos limpiamos el polvo del camino y seguimos. De hecho es bueno caer. Así comprenderemos mejor las debilidades de los demás".

Aut
ora: Sandra

viernes, 10 de diciembre de 2010

Y LUEGO ALGUNOS NO SE EXPLICAN POR QUÉ LA DEMOCRACIA NO FUNCIONA


Me paso el día matando tontos y no doy abasto. O el trabajo no cunde por mi ineficacia, o me desborda porque los tontos y los sinvergüenzas se expanden como el kéfir.

Comprendo las limitaciones humanas porque las acumulo casi todas. Es muy duro tratar de ser perfeccionista de forma constante, íntegro, eficaz, audaz, equilibrado. Todos tenemos días espesos en los que la tarea más sencilla se convierte en complejísima, en los que cometemos errores pueriles y en los que nos cuesta aparcar en un hueco donde un ciego podría estacionar un camión. Cualquiera puede haber dormido mal o discutido con la parienta o derramado la leche en el microondas... O simplemente, tener un día en el que sólo apetezca holgazanear. Pero es que hay algunos que son tontos o sinvergüenzas, o ambas cosas, esféricamente.


Y no sé si será cosa mía, pero las jetadas, que deberían ser anecdóticas en una sociedad que desee funcionar armoniosamente, se han convertido en regla. Lo verdaderamente inusual es ser atendido como Dios manda en el supermercado y en el registro de la Junta. Casi milagroso es contratar un ñapas para pintar una pared y que respete el color acordado y el presupuesto debido y que se presente a la hora concertada. Afortunado te puedes sentir si no te destroza la casa «porque le sale de los cojones».

Espero que sea sólo mi impresión de tiquismiquis, pero en España no cabe ni un sinvergüenza, ni un caradura, ni un insensato, ni un ladrón ni un idiota más. Adivino las causas de esta plaga y son muchas.

jueves, 9 de diciembre de 2010

ROMÁNTICO

Sin duda uno de mis peores defectos, entre los muchos que tengo, es mi frialdad. La frialdad no significa ser mala persona ni tratar mal a la gente. Es solo que me cuesta bastante coger cariño, que no me prodigo expresándolo y, sobre todo, que soy demasiado racional y cuadriculado. En mis decisiones personales casi siempre pesan más las razones objetivas, los pros y los contras bien meditados, y los análisis de riesgos que los argumentos del corazón. Rara vez improviso.

Una vez me dijeron que mi época que yo llamo de la cruz y la espada fue una etapa romántica, por cuanto supuso mi entrega a unos ideales, a una utopía. Sin embargo, yo lo dudo. Empuñé la cruz en una mano y la espada en la otra porque necesitaba encauzar con energía mi rabia contra una sociedad que me chirriaba por todas partes; porque era incapaz de dejar pasar ciertas cosas; porque pensaba que era mi deber; porque quería ser justo a toda costa, aunque quizá fui más justiciero que justo. No sé. ¿El amor a España es un amor romántico o se nutre de racionalidad, de historia y de filosofía?

Pero hubo una ocasión en que sí fui romántico.

Hubo un momento, hace ocho años, en que sí aposté con las cartas del corazón sin sopesar ventajas e inconvenientes, en que decidí guiado tan solo por mis sentimientos.

Tras un largo período de incertidumbres, había conseguido encarrilar los frentes más importantes de mi vida. Lo tenía todo bien enjaretado, como a mí me gusta. Trabajo estable, novia, autoestima y un futuro casi bordado, al que solo faltaban por dar un par de puntadas en forma de boda para tejer del todo mi orden y mi seguridad.

Pero ese verano me iba a descolocar muchos esquemas. La muchachita de ojos inmensos que se ofreció a enseñarme los más bellos rincones de la ciudad a la que me habían destinado cambió mis perspectivas y mis ilusiones de una forma casi violenta.

Ese verano sentí cosas y tomé decisiones de las que un mes antes me habría visto incapaz. No me lo habría creído aunque hubiera podido verlo en una bola de cristal.

Como parece que entonces yo estaba ciego, me avisaron desde fuera de los posibles –más bien seguros- peligros y dificultades. Incluso ella me advirtió. Pero durante casi dos años viví en una nube en la que para mí solo contaba estar a su lado.

Luego desperté del sueño y en buena medida volví a mis cábalas, a mis cálculos, a mis mapas de ruta y al ordenado mundo de la razón. Me orienté de nuevo, abandoné los caminos sin señalizar ni asfaltar, y me incorporé a la autovía.

Aunque estar perdido fue bonito. Aprendí la lección maravillosa de cómo dejarse llevar y de cómo distinguir el amor del cariño, la pasión del afecto, la entrega sin condiciones de la rutina de lo correcto.

Y esta lección me ha servido de mucho.

martes, 7 de diciembre de 2010

LA TORMENTA PERFECTA

En estos tiempos de cacareada democracia y supuesta pluralidad es más difícil que nunca para un católico vivir coherentemente conforme a sus creencias y valores.

La moral católica es de por sí dura de llevar, ya que los humanos somos por naturaleza bastante cómodos, egoístas y dados a los excesos más placenteros. Es lo que nos pide el cuerpo, vamos. A unos más que a otros.

Pero si encima todo a nuestro alrededor nos incita y nos presiona a renunciar a nuestro estilo de vida, apaga y vámonos.

Es verdad que la salvación o la condena eterna nos la curramos nosotros solitos, pero sin un buen entorno, sin unas buenas “condiciones ambientales”, la lucha contra algunas poderosas corrientes puede resultar estéril.

El barco lo tripulamos nosotros y es cierto que somos responsables de que llegue a puerto. Pero, ¿qué pasa si navegamos en medio de una terrible tempestad? ¿Qué pasa si tenemos el pulso firme pero nuestra pequeña embarcación está rodeada de olas gigantescas y de vientos adversos?

A menudo reflexiono sobre la situación de los barquitos católicos en este océano materialista, hedonista e insolidario. Pienso que a muchos se nos ha colado ya mucho agua y tenemos las velas medio rasgadas.

Quizá la solución sea navegar más cerca de otros barcos, para contar con su ayuda. O, mejor aún –y más idealista- , hacernos un mar diferente en el que navegar.


En este sentido, si algo tengo claro es que vivir rodeado de católicos ayuda mucho. En mi opinión, vivir en una familia cristiana, tener gente maja que sepa y te aconseje, contar con la ayuda de un sacerdote, tener un grupo de amigos como Dios manda o echarse una novia que piense en católico son claves esenciales para perseverar en nuestro estilo de vida.

Pero hacer esto puede ser, como digo, crearnos un mar diferente para navegar más tranquilos; cavar nuestra pequeña piscina a orilla del furioso oleaje; autocomplacernos en nuestro propio microclima artificial… Y digo artificial porque el mal tiempo y el maremoto implacable seguirán estando ahí y tendremos que lidiar con ellos tarde o temprano, en mayor o menor medida.

A veces me parece utópico que el católico de hoy pueda cumplir como es debido si no se monta su pequeño mar “friki” y vive un poco a su aire, de espaldas a todo lo que le rodea, sin participar en los vicios y costumbres, en las mentalidades, en las economías, en el estilo de pareja, en el ocio o en el modelo de familia que el gran océano impone con la cresta turbia y agresiva de sus olas.

El católico fetén, el que está dispuesto a no ceder ni un ápice en sus convicciones, está condenado a sentirse aislado, “extraño como un pato en el Manzanares”, rarete y menospreciado desde su humilde barreño junto a la playa.

Hace diez o quince años, tenía amigos y conocidos con firmes convicciones católicas. Algunos de ellos, grandes ejemplos para mí. Gente que, sin ser ñoña, compaginaba con salero y maestría, sin renunciar a nada, el cálido bienestar de su pequeña piscina con sus salidas obligadas al mar desapacible.

Hoy casi todos han sido engullidos
por la tormenta perfecta.

Sobre este mismo tema, en La pluma.