Nuestra forma de pensar y las decisiones que tomamos están condicionadas por nuestras experiencias vitales, por nuestro entorno y por nuestras circunstancias, pero también, y sobre todo, por las personas con las que tratamos con más asiduidad. Sin embargo es evidente que no todas las personas de nuestro círculo cercano ejercen el mismo nivel de influencia sobre nuestro comportamiento. De hecho, el ascendiente que un individuo pueda tener sobre nosotros no guarda tanta relación con el nivel de intimidad que nos une a él como con su carisma o su personalidad magnética. Hay gente con mucha capacidad de influir en los demás y otra que ya puede decir misa, que a todo el mundo le entra por un oído y le sale por el otro.
Al tratar hoy este tema no me refiero tanto al influjo que los adultos ejercen sobre los niños en sus primeros años de vida (que es lógico y forma parte del proceso de sociabilización), sino al que se da entre personas mayores con la personalidad, al menos en teoría, suficientemente formada. Hablo del peso que las opiniones de una madre, de un amigo, de una novia, de un cónyuge, de un jefe, de un político, de un escritor o de un bloguero, pueden tener en el comportamiento de un hombre o una mujer hechos y derechos.
Nunca me he considerado influyente ni mucho menos. Mi personalidad no destaca especialmente y, aunque algunos no lo crean, en mis relaciones personales me preocupa mucho respetar la libertad del prójimo excepto cuando colisiona frontalmente con la mía. Es cierto que en el pasado he sido una persona muy apasionada, de verbo encendido y afán proselitista, y que he tenido a mi cargo el adoctrinamiento de muchachos casi adolescentes, sobre los que se supone que alguna huella habré dejado, espero que para bien. Pero ni siquiera en aquellos tiempos de la cruz y la espada llegó mi celo a vulnerar la intimidad o la libertad ajenas, y de hecho siempre me negué a insistirle a alguien más de dos veces (por teléfono, por ejemplo) o a utilizar estratagemas que consideraba y sigo considerando sectarias, sobre todo si estaban el juego el dinero, la seguridad física, el tiempo de estudio o el futuro de los chavales.
Sin embargo, de un tiempo a esta parte vengo observando, a veces orgulloso pero muchas veces incómodo, que he influido e influyo en algunas personas más de lo que nunca me había imaginado. Me he dado cuenta de ello fijándome en pequeños detalles, como por ejemplo la preocupación excesiva que determinada gente muy cercana a mí tiene por mi opinión sobre ciertos aspectos de su conducta, el cambio de criterio de algunos tras hablar conmigo de determinados temas, la forma de trabajar de algunos compañeros ajustándose a lo que no era más que un simple comentario mío totalmente opinable, o –por qué no decirlo- la obsesión de algunos lectores de La pluma viperina por lo que escribo o dejo de escribir.
Mi sensación se ha acrecentado en los últimos tiempos a raíz de un par de sucesos un tanto desagradables que me han hecho preguntarme por qué a veces no cerraré la boca y dejaré de dar charletas a la gente.
Para evitar malentendidos, me gustaría subrayar que esta influencia a la que me refiero es puntual y con un número muy reducido de personas, pero me ha sorprendido e inquietado de algún modo darme cuenta de ella.
Hay en mí una contradicción que nunca he sabido explicarme, y es que por una parte soy defensor acérrimo de un Estado intervencionista que regule activamente los diferentes aspectos de la vida social y económica de la nación, es decir que predisponga, y no poco, el devenir diario del común de los ciudadanos, y por otra me incomoda influir personalmente en ciertos comportamientos de las personas que me conocen. Mi ego a veces se envanece cuando me percato de que se hace lo que yo digo o de que se aplauden mis posturas, pero cuando la cosa va más allá, cuando hay quien toma decisiones importantes condicionadas por mi actitud presente o pasada, quien estudia la oposición que yo le aconsejo, quien se calla sus opiniones en mi presencia, quien hace lo que yo pienso solo por recibir mi aprobación o quien me inunda de emails sobre las ideas expresadas en el blog, entonces no me siento tan a gusto y me da miedo que alguien se estrelle o sea infeliz por culpa de mis discursitos, que los resortes de una vida ajena a la mía estén supeditados a lo que dije un día vete tú a saber si con mucho criterio.
Es importante evaluar la posible influencia que tenemos sobre nuestros seres queridos o sobre la gente en general, y actuar con responsabilidad. Se duerme mucho mejor por las noches.








