Una vez más pongo como excusa para la entrada una noticia reciente: en este caso es la muerte de un joven por la agresión de unos porteros de discoteca.
Durante mis años mozos, en los que salía de marcha viernes y sábados, he frecuentado muchos tipos de locales de marcha, algunos de ellos con el gorila correspondiente en la puerta. Nunca he tenido problemas con ellos, principalmente porque la elección entre entrar en uno de esos antros de mala muerte e irme a casa no era dudosa: siempre me he quedado con la segunda opción. Así que cuando no me han dejado entrar en algún sitio, media vuelta y a otra cosa.
Aunque generalizando siempre se comete error, lo asumiré (obviamente, los porteros majetes existen). Lo que más me ha molestado siempre de esta gente es su chulería, mayor cuanto más "chic" era el pub. Chulería acompañada de agresividad, que unas veces fue simplemente intuida y otras mostrada delante de mis narices. Además se saben impunes (como cualquier malnacido en este país) y frecuentemente discriminan a personas sin razón aparente, llevando al límite el derecho de admisión de estos locales, que sería otro tema de debate.
Y los borreguetes que estamos a la cola esperando a culminar una apoteósica noche de juerga, a callar y disimular, no nos vaya a mirar atravesado uno de los mononeuronas de la puerta y se fastidie el plan. Ah, y al entrar, palmadita en su espalda de metro y medio, a ver si así el próximo fin de semana tenemos alguna posibilidad añadida de pisar el pegajoso y asqueroso suelo del antro en cuestión. Una pena.
Que se regule esta actividad de una vez. Ahora parece que incluso hay cursos homologados de cuarenta horas para gorilones de discoteca. Creo que en el examen final para que te den el certificado de gorila la prueba más complicada es una suma. Sin llevar, por supuesto.
Durante mis años mozos, en los que salía de marcha viernes y sábados, he frecuentado muchos tipos de locales de marcha, algunos de ellos con el gorila correspondiente en la puerta. Nunca he tenido problemas con ellos, principalmente porque la elección entre entrar en uno de esos antros de mala muerte e irme a casa no era dudosa: siempre me he quedado con la segunda opción. Así que cuando no me han dejado entrar en algún sitio, media vuelta y a otra cosa.
Aunque generalizando siempre se comete error, lo asumiré (obviamente, los porteros majetes existen). Lo que más me ha molestado siempre de esta gente es su chulería, mayor cuanto más "chic" era el pub. Chulería acompañada de agresividad, que unas veces fue simplemente intuida y otras mostrada delante de mis narices. Además se saben impunes (como cualquier malnacido en este país) y frecuentemente discriminan a personas sin razón aparente, llevando al límite el derecho de admisión de estos locales, que sería otro tema de debate.
Y los borreguetes que estamos a la cola esperando a culminar una apoteósica noche de juerga, a callar y disimular, no nos vaya a mirar atravesado uno de los mononeuronas de la puerta y se fastidie el plan. Ah, y al entrar, palmadita en su espalda de metro y medio, a ver si así el próximo fin de semana tenemos alguna posibilidad añadida de pisar el pegajoso y asqueroso suelo del antro en cuestión. Una pena.
Que se regule esta actividad de una vez. Ahora parece que incluso hay cursos homologados de cuarenta horas para gorilones de discoteca. Creo que en el examen final para que te den el certificado de gorila la prueba más complicada es una suma. Sin llevar, por supuesto.