El reciente subidón del IVA, del 8 al 21 %, en ciertas actividades de ocio y culturales (cine, teatro, espectáculos culturales y deportivos y museos, entre otras) me ha dado bastante que pensar y aún no tengo una opinión formada al respecto.
Uno siempre ha tenido claro que son mucho más justos los impuestos directos que los indirectos, ya que en estos últimos todo el mundo tributa lo mismo sin tener en cuenta su capacidad económica. También me parecen muchísimo más equitativos los impuestos que gravan el patrimonio que los que gravan los rendimientos de trabajo.
En principio, un estado verdaderamente social debería dejar los impuestos sobre el consumo en su mínima expresión, si bien es cierto que a veces el adecuado manejo de este tipo de tributos también puede favorecer la justicia distributiva. Me refiero a que la estadística nos enseña que determinados bienes y servicios son mayoritariamente demandados por ciudadanos de rentas altas o muy altas, por lo que gravar estos productos en el fondo tiene unos efectos similares a los de un impuesto directo: se ejerce más presión fiscal sobre los más ricos.
En este sentido, y como resulta obvio que la oferta cultural casi solo es “consumida” en la práctica por las familias de rentas medias y altas, subir el IVA al 21% en las entradas al teatro, a los musicales o a los museos, no me parece tan disparatado en esta situación de crisis aguda.
Sin embargo rápido nos vienen a la cabeza los ejemplos del cine y del fútbol, espectáculos con gran afluencia popular sin discriminación de ingresos. Si bien es verdad que elevar el tipo impositivo sobre estas actividades supone clavar la banderilla también a las clases humildes, debe tenerse en cuenta que la gran virtud de los impuestos indirectos es que su pago puede eludirse muy fácilmente por el simple procedimiento de no comprar los productos afectados. Y reconozcamos que, con la que está cayendo, es más que razonable privarnos de ir al estadio o a ver una película. De hecho estos deberían ser los primeros gastos a suprimir, pues evidentemente son los más superfluos por mucho que les perjudique a los sectores correspondientes.
El sector cultural y el de ocio deben sacrificarse sin remedio. Se pongan como se pongan, por mucho que insistan en que la crisis ha secuestrado la cultura y por muy importantes que sean sus servicios, deben entender que el común de los españoles se quite de ir al teatro o a un museo, antes que de comer o de vestir. Es una consecuencia natural de cualquier crisis.
Frente a todo esto, sí veo un inconveniente importante en la subida del precio de ciertas actividades, especialmente el acceso a museos, exposiciones, monumentos o determinadas bibliotecas, y es que si esta situación se mantiene en el tiempo se estaría restringiendo gravemente el acceso a la cultura de las clases más desfavorecidas. No me refiero a ir a los carruseles de las ferias o a ver La Bella y la Bestia, que, al fin y al cabo, me parece estupendo que vaya solo quien se lo pueda pagar, sino al derecho que deberíamos tener todos los españoles, ganáramos lo que ganáramos, a visitar libremente o a un precio simbólico nuestros más importantes museos, catedrales, edificios y obras del patrimonio histórico y demás puntos de interés cultural. Convertir estos lugares en santuarios elitistas por culpa del 21% dichoso significa un retroceso por cuanto hace de la cultura un bien de lujo, cuando esta precisamente debería estar al alcance de todos para mejorar la formación y favorecer la movilidad social.
En cualquier caso, y aunque no tenga mucho que ver, soy, como ya dije hace dos años, partidario ferviente de que sean suprimidas íntegramente todos los programas de fiestas locales. La situación económica es dramática y urge ahorrar en todas las partidas superfluas. Ni los toros, ni los conciertos, ni los fuegos artificiales son necesarios; es más, son un despilfarro insultante en estos tiempos. Hace dos años aún creía en la posibilidad de salvar la hostelería en fiestas, pero ahora mismo, viendo cómo está el patio, no deberían autorizarse ni las casetas de los bares. A este sector no le va aquedar otra que caer en picado y sin colchón para que podamos salir adelante.















