Sería interesante analizar los
motivos por los que algunas personas se convierten en ateos o anticlericales
recalcitrantes.
Para mí el factor que más influye
en los sentimientos religiosos es el ambiente familiar durante la niñez y la
adolescencia, y la educación recibida tanto en casa como en el colegio. Las
amistades en una etapa tan crítica como la adolescencia también son
fundamentales.
Pero, ojo, que de padres muy
religiosos no siempre salen hijos así. De hecho, los entornos familiares muy
cargantes y meapilas a menudo son auténticas fábricas de ateos, aunque solo sea
por pura reacción.
Hay muchos más factores,
naturalmente, y entre ellos está el clima cada vez menos espiritual que soporta
la sociedad española, la creciente y lamentable pérdida de influencia de la
Iglesia Católica y –penoso es reconocerlo– la merma de autenticidad de muchos
sacerdotes y órdenes religiosas, lo que genera una gran desorientación entre
los fieles.
Lo que no me resisto es a detenerme
un poco en un tipo muy curioso de anticlerical que me he encontrado en no pocas
ocasiones, y que yo llamo "el anticlerical de los polvos perdidos".
Por describir brevemente su
perfil, diré que se trata de sujetos (o sujetas) entre los 40 y 50 años cuya
principal característica es haber sido educados en una familia bastante conservadora
y haber practicado la Fe, fervientemente incluso, durante su infancia y casi
toda su juventud. Por lo general se trata de personas de muy poco carácter y
talante dócil y gregario que siempre aceptaron sin el menor asomo de crítica no
solo los valores morales sino todas las consignas de conducta que les suministró
su familia, llegando a convertirse ellos mismos en sus más exaltados defensores.
Entre estas pautas de conducta que aceptaron sin rechistar se encontraban naturalmente las relativas a la sexualidad. Estos impíos de nuevo cuño vivieron sin excepción en sus años mozos unos noviazgos más o menos largos con estricto cumplimiento de las reglas católicas sobre moral sexual, echando angustiosos pulsos al deseo carnal para ser congruentes con sus principios. Por lo general, la mayoría (sobre todo ellas) cumplieron los treinta y pico sin haber mantenido relaciones sexuales.
En un momento dado de su trayectoria, normalmente coincidiendo con su depresión tras la ruptura con su novio o novia de siempre, o con un fuerte cambio en su vida social, estos tíos de repente se ponen a echar casquetes como descosidos. De no haberse comido un colín pasan sin solución de continuidad a darse unos atracones de padre y muy señor mío con alguien a quien acaban de conocer, o con distintas parejas sin excesiva discriminación o incluso con manifiesta promiscuidad, convirtiéndose de la noche a la mañana en unos auténticos forofos del ñaca, ñaca, que ya se sabe como es la fe del converso. Al principio este cambio de hábitos, estos contactos, los mantienen en secreto y se fustigan interiormente por sus pecados, pero, como ya hemos dicho en otras ocasiones, las ideas y la conducta no pueden mantenerse disociados mucho tiempo sin volverse uno loco, así que no tardan en revisar y “poner al día” su tabla de valores.
Entre estas pautas de conducta que aceptaron sin rechistar se encontraban naturalmente las relativas a la sexualidad. Estos impíos de nuevo cuño vivieron sin excepción en sus años mozos unos noviazgos más o menos largos con estricto cumplimiento de las reglas católicas sobre moral sexual, echando angustiosos pulsos al deseo carnal para ser congruentes con sus principios. Por lo general, la mayoría (sobre todo ellas) cumplieron los treinta y pico sin haber mantenido relaciones sexuales.
En un momento dado de su trayectoria, normalmente coincidiendo con su depresión tras la ruptura con su novio o novia de siempre, o con un fuerte cambio en su vida social, estos tíos de repente se ponen a echar casquetes como descosidos. De no haberse comido un colín pasan sin solución de continuidad a darse unos atracones de padre y muy señor mío con alguien a quien acaban de conocer, o con distintas parejas sin excesiva discriminación o incluso con manifiesta promiscuidad, convirtiéndose de la noche a la mañana en unos auténticos forofos del ñaca, ñaca, que ya se sabe como es la fe del converso. Al principio este cambio de hábitos, estos contactos, los mantienen en secreto y se fustigan interiormente por sus pecados, pero, como ya hemos dicho en otras ocasiones, las ideas y la conducta no pueden mantenerse disociados mucho tiempo sin volverse uno loco, así que no tardan en revisar y “poner al día” su tabla de valores.
En esta revisión, como no podía ser de otro modo, pronto les toca el turno a la religión y a la Iglesia. De repente se percatan de “todos los polvos que han perdido” por haber cumplido con los preceptos católicos y hecho caso a su familia, y empiezan a tener la sensación de que han tirado por la borda su juventud, de que no la han disfrutado, de que alguien les ha robado algo. Entonces les entra una ira incontenible, una furia desatada contra Dios, la Iglesia, los curas, la Misa y los sacramentos (incluido el matrimonio), que les lleva a despotricar amargamente contra la educación represora de la que han sido víctimas, poniendo el foco, cómo no, en el asunto sexual.
Entran casi en una espiral de locura y yo apostaría a que mentalmente hacen sus cálculos para determinar, con la mayor exactitud posible, el número de quiquis que han dejado de echar "por culpa de la Iglesia", sin plantearse por supuesto que todo lo que hicieron o dejaron de hacer se debió a una decisión voluntaria y plenamente autoasumida. Se dicen a sí mismos, rumiándolo una y otra vez: si salí con Mari Pili durante nueve años, a 52 semanas por año y a dos cohetes mínimos por semana, salen ¡936!, y eso sin contar las nocheviejas y ocasiones especiales, ni los viajes y escapaditas que he dejado de hacer con ella para construir un noviazgo cristiano ¡Más de 1.500 polvos que me he quedado sin echar! ¡Argggghhhhhh!
Y, claro, visto así, pues raro es que no les dé una angina de pecho a estos pobres anticlericales.










