Admito, por muy escandaloso y generalizador que parezca, que la gente de los pueblos no son santos de mi devoción.
Me encanta la naturaleza y el aire libre (para ir de excursión o de acampada). Reconozco que la vida rural y agrícola ha sido el cimiento de España durante siglos, que los valores del campo han configurado nuestra identidad nacional. No niego que las mejores esencias de España hayan estado siempre ligadas al agro, pero…
… Pues que eso era antes, porque ahora a mí me da la impresión de que los que viven toda la vida en pueblos pequeños son los más tontos del país.
Tengo una teoría que no creo que se aparte ni un ápice de la realidad. Como desde hace ya bastantes décadas, las personas más emprendedoras, más trabajadoras, con más iniciativa, con la mente más abierta, y con más deseos de dar lo mejor a sus hijos, han emigrado a las ciudades, al final se ha producido un fenómeno de “selección natural” y en los pueblucos de hoy casi solo quedan los más cortos, los más cerradicos y los que tienen menos miras que Stevie Wonder.
Un amigo siempre me dice que esta tesis mía es siniestra y materialista, pero a mí no me parece materialista tener inquietudes, querer mejorar en todos los sentidos, aspirar a una vida social rica o desear que tu familia tenga acceso a una buena educación, a un buen ocio y a un futuro más estimulante, algo a lo que desde luego no se puede aspirar viviendo en una aldea perdida de Dios.
Quiero hacer dos matices importantes.
Primero: Cuando hablo de pueblos sólo me refiero a municipios de economía agropecuaria y alejados de una capital de provincia, y no por supuesto a los miles de pequeños núcleos urbanos que constituyen lo que hoy se conoce como alfoz o área metropolitana de las ciudades.
Segundo: No quiero entrar en las causas ni en los culpables de que los pueblos se hayan quedado como están, de que la agricultura española se haya ido a tomar vientos, ni mucho menos en las soluciones. En este post quiero hablar de una realidad de hoy en día, tenga quien tenga la culpa y sea lo injusta que sea (que lo es).
Hoy la vida en un pueblo es una mierda y quien puede o tiene posibilidad se escapa. En cambio, los cerriles sin ninguna inquietud se quedan ahí de por vida, arrinconados y limitados. Aparte de que vivir en una comunidad pequeña conlleva innumerables y repugnantes inconvenientes sociales en forma de cotilleos, presión social y falta de libertad en todos los sentidos, no me cabe la menor duda de que si naces listo y vives en Villacanicas del Buen Pastor durante treinta años te vuelves más tonto que Abundio, que echó una carrera él solo y quedó el segundo.
He convivido con mucha gente de pueblo y también he trabajado durante años con este colectivo. Y no puedo sino hablar mal en general de mi experiencia. He dado casi siempre con personas de inteligencia muchísimo menos desplegada, mucho más brutos y desconfiados, y generalmente con hábitos más toscos y con costumbres y formas de ser que no me gustan ni un pelo. Algo que siempre me ha llamado la atención de los pueblerinos es que suelen ser bastante primarios o espontáneos en sus reacciones, o sea que te sueltan lo que piensan sin medir si te va a sentar mal y sin tener confianza alguna que lo justifique. Tienen, por así decirlo, muchos menos miramientos en el trato y no siempre tienen la delicadeza y la distancia debida con sus interlocutores.
También he observado otros datos curiosos. Por ejemplo, en los pueblos que viven de la ganadería son infinitamente más bestias que en los agrícolas. Los pueblos con mucho “retorno” (en los que mucha gente se ha ido a las ciudades o al extranjero y han regresado de viejos) son bastante más finos y cultos. Seguramente los paletos más paletos de España estén en la comarca de Tierra de Campos (determinadas zonas de Valladolid y Palencia). Los jóvenes campesinos, frente a lo que suele suponerse, son igual o más paletos que los ancianos del lugar. La gente del campo se suele creer muy lista y muy espabilada, desprecian el mundo urbano y reniegan de sus ventajas y sus comodidades. Hay determinados vicios y malas costumbres que estoy convencido de que se dan más en los pueblos que en las ciudades (por ejemplo, ir a putas). Los de los pueblos tienen muchísima menos sensibilidad y son más proclives a la crueldad, a la burla, al mote despiadado y a la discriminación de sus vecinos, porque no saben ser respetuosos con la diferencia y tienden al rebañismo de una manera escandalosa.
Otro dato me parece innegable en relación a este rebañismo: Como en las comarcas rurales hay muy pocos jóvenes, las oportunidades de elegir a los amigos son casi nulas. Así, los chavales se relacionan por quintas o grupos de edad, y no en función de sus preferencias. Si un niño o adolescente vive en una ciudad tiende a juntarse con un grupo afín a sus gustos o educación recibida. Si vive en Villarriba del Conejo, si no quiere quedarse más solo que la una, tendrá que salir con los ocho o diez chavales de su edad y seguir su estilo de vida, aunque sean unos porreros y unos borrachos (algo muy habitual, pues suelen imponerse las cafrerías de los más chulitos)
Igualmente me llama la atención cómo un matrimonio de un pueblo pequeño puede ser tan egoísta de retener con ellos a sus hijos toda la vida, sin fomentar que salgan de ese mundo tan cerrado, que estudien fuera, que vayan a la Universidad, que conozcan distintas formas de ganarse la vida. En su ceguera, no se hacen idea del desperdicio y el daño que les están haciendo.
Por último, debo decir que en los pueblos también he observado valores muy positivos que se dan en mayor medida que en las ciudades. En efecto, las comunidades pequeñas y herméticas también tienen sus ventajas, como por ejemplo una tendencia mayor a la solidaridad y generosidad con los más necesitados (todos se conocen y saben de sus problemas), una vida religiosa más auténtica y sentida, y un mayor apego familiar y respeto por los viejos. La gente también es más sencilla y menos soberbia y probablemente si te haces amigo de uno de un pueblo lo seas para toda la vida.
Conozco efectivamente gente muy buena y muy inteligente que vive en localidades minúsculas (algunos familia mía), pero considero que sus potencialidades culturales, sociales, económicas e incluso de felicidad están seriamente limitadas por culpa de su entorno.