martes, 10 de noviembre de 2009

¡NO DIGAS PALABROSTIAS!

Yo soy un tío muy malhablado. Desde siempre. Sobre todo cuando me cabreo (aunque no sólo) digo unas burradas que hacen daño a los oídos. Mi único límite es evitar la blasfemia, pero oye, no veas la de salvajadas que pueden decirse sin ofender a Dios.

Lo más curioso es que en mi familia no dicen ni un taco y en mi grupo de amigos casi tampoco. Generalmente me he movido en círculos donde hablar como un carretero no está bien visto y sin embargo… nunca me he cortado un pelo.

Normalmente me explayo más en ambientes de confianza. Cuando conozco a alguien nuevo me modero un poco, pero en cuanto me dan bolilla….

Además en determinados entornos en los que no hay ni la más mínima confianza (por ejemplo, en mi trabajo), me desenvuelvo con notable grosería, profiriendo toda clase de expresiones malsonantes y procaces, no tanto dirigidas a mis compañeros, sino a mí mismo o al cuello de mi camisa cuando algo me sale mal, se me cae un archivador, se atasca la fotocopiadora, no llego a tiempo para entregar algo, me hacen perder el tiempo u otras situaciones similares. De todos modos en mi trabajo estamos acostumbrados a las grandes voces, portazos y estridencias verbales (seguro que peores que las del cuartel de Aquí la más principal hazaña), así que no desentono demasiado.

Mis expresiones favoritas –disculpen ustedes: no servirá de precedente- son: “Me cago en la puta de oros”, “me cago en los cojones”, “no me jodas la marrana”, “coño”, “estoy hasta la punta de la polla”, “me cisco en la puta perra”, “a tomar por el culo, joder” y “a la mierda” (como Fernán Gómez). También a veces digo “ostias”, pero sin animus blasfemandi (¿se dice así?)

Donde no suelto casi palabrostias es en el blog porque, como diría Pascual Panete Zas, nuestros lectores son gente muy principal. Y me da corte.

Para mí decir bestiadas en los momentos de tensión es como una especie de desahogo, pero no es algo de lo que me sienta orgulloso. Reconozco que es una mala costumbre andar siempre soltando sapos y culebras y admiro a quienes consiguen controlarse, ya que demuestran una gran fuerza de voluntad de la que yo carezco.

También reconozco que no me inspira mucha confianza un fulano tan escrupuloso que no sea capaz de soltar un “coño” o un “cojones” en la situación adecuada. Sé de gente que lo evita a toda costa y sustituye estas interjecciones por muletillas light como “jolines”, “leche”, “leñe”, “joper”, “ostris”… Yo creo que son maricones.

Los tacos son una parte más de nuestro vocabulario. Resultan muy inapropiados si se abusa de ellos como en mi caso, pero quedan hasta simpáticos y salerosos si se sueltan en el contexto oportuno.

sábado, 7 de noviembre de 2009

NOS JODEN LOS INMIGRANTES

Desengañémonos. A los españoles no nos joden los inmigrantes porque su llegada masiva pueda poner en peligro nuestras costumbres o nuestra identidad, máxime cuando esa identidad la llevamos despreciando nosotros solitos desde hace mucho abandonando nuestras tradiciones y nuestras creencias, e incorporando encantados modos de vida extranjeros en forma de comida rápida, jalogüins, gustos cinematográficos, desprecio del patriotismo y de la Unidad de España (que son cosas de fachas), de prácticas religiosas, etc….

Desengañémonos. A los españoles no nos joden los inmigrantes porque puedan quitarnos el trabajo, porque nosotros, que somos unos señoritingos de país desarrollado, despreciamos los puestos que ellos ocupan, los trabajos duros o manuales. Nos hemos largado de los pueblos y del terruño y nos negamos a currar de camareros, o de albañiles, o a la intemperie, porque solo queremos trabajos de oficina en los que estemos sentados y calentitos.

Lo que nos jode de los inmigrantes es, ni más ni menos, que son pobres y cutres, y nos hacen daño a la vista. A los españolitos, que somos unos materialistas y unos cabrones, nos molesta ver a las rumanas mendigando en la calle, a las andinas andrajosas con el churumbel a cuestas, a los moracos llenos de mierda saliendo de la obra, a los zafios panchitos cantando y suplicando en los vagones del metro… Nos parece que esta gente de segunda estropea nuestro paisaje de desarrollo y de abundancia que nos hemos currado tantos años.

A los españoles comodones y conservadores nos joden los inmigrantes porque no queremos ningún cambio y nos irrita ver caras y lenguas distintas y que consideramos inferiores. Porque tenemos miedo de todo lo nuevo y nos pensamos automáticamente que nos van a robar o a engañar solo porque son extranjeros y menesterosos. Porque en nuestro egoísmo chulesco y occidental, se nos ponen los pelos de punta ante la sospecha de que tengamos que compartir, aunque sea una miga o un centímetro de suelo, con personas extrañas que no han nacido aquí y que, además, tienen esa pinta.

El miedo, el odio y el desprecio que les tenemos es el mismo que a lo largo de los siglos han tenido los ricos a los pobres. Es una fobia al necesitado y no al extranjero. A los europeos que han hecho uso en España del derecho comunitario de establecimiento, a los alemanes en Baleares o a los erasmus gabachos o irlandeses no les hacemos tantos ascos.

Si nuestro hijo nos presenta a su novia yanqui, economista, pelirroja y protestante, con la que no deja de hablar en pitinglis en nuestras narices, estaremos encantados. Pero si viene con una peruana sencilla, cariñosa y católica, que hace casas de nueve a nueve, nos da un soponcio y, antes de cruzar dos palabras con ella, ya le decimos al chico que le quieren sacar los cuartos, aunque el chico solo gane 800 euros en la oficina cómoda y calentita.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

HISTORIAS DE ESPAÑA VIEJA (I): EL SITIO DE BALER

PELEAREMOS HASTA MORIR Y MORIREMOS MATANDO.


En 1897, tras la firma de la paz de Biak-na-Bato entre la sociedad masónica Katipunan y el gobierno español, se creyó finalizada la insurrección de Filipinas. Así, los 400 hombres que se encontraban en la iglesia tímidamente fortificada de Baler, a unos 150 kilómetros al noreste de Manila, fueron relevados por otros 57 pertenecientes al 2º Batallón de cazadores. Comandados por el capitán don Enrique de las Moreras y los tenientes don Juan Alonso Zayas y don Saturnino Martín Cerezo, de seguro no adivinaron, al comprobar que los tagalos habían abandonado el pueblo, que España los había legido para protagonizar una de las mayores gestas desde Numancia o Sagunto. A los pocos de días de acantonarse en la iglesia, los de nuevo insurrectos comenzaron un cerco que se alargaría por once meses. A la incomunicación y falta de noticias, se sumaban el hambre, la sed y sus enfermedades asociadas, sobre todo el beriberi que acabó con la vida de varios hombres incluyendo al capitán y al teniente Zayas, pasando Martín Cerezo a ostentar el mando. A consecuencia de tanta penalidad se produjeron varias deserciones que obligaron a este último a fusilar a dos de sus soldados en el patio del templo.

Como los rebeldes se veían impotentes ante la determinación de Martín Cerezo y sus hombres, que llegaron a arrasar las casas cercanas y acaparar alimentos a los enemigos en varias descubiertas, intentaron negociar inútilmente la rendición de los españoles que resistieron, incluso, terminada la contienda cuando, para advertirles, se presentaron varios oficiales españoles para informar a un teniente Martín que se negaba a creerles: no era posible que España se hubiera rendido. Así, les despachó como a desertores y traidores mientras éstos le anunciaban que sería llevado ante un consejo de guerra y expulsado del ejército.

Sólo leer los periódicos españoles que les entregaron los sitiadores pudo convencerles de que, en efecto, la guerra hacía tiempo que se había perdido. Martín Cerezo, de esta forma, negoció la rendición de la plaza en estos términos:

«Capitulamos porque no tenemos víveres, pero deseamos hacerlo honrosamente. Deseamos no quedar prisioneros de guerra y que ustedes admitan otras condiciones que expondremos, de las que levantaremos acta. Si se han de portar con nosotros de mala manera han de decirlo porque en este caso no nos rendiremos. Pelearemos hasta morir y moriremos matando.»

Mientras abandoban Baler, los insurrectos formaron un pasillo de honor para los 32 héroes que sobrevivieron. Hoy, en la fachada del templo, una placa y un pequeño monumento conmemoran la gesta y el ejército filipino, anualmente, recuerda a los que fueron sus enemigos con un pequeño homenaje.

Martín Cerezo recibió la Laureada de San Fernando y murió en 1.945 con el empleo de general.

lunes, 2 de noviembre de 2009

LA GENTE DE LOS PUEBLOS

Admito, por muy escandaloso y generalizador que parezca, que la gente de los pueblos no son santos de mi devoción.

Me encanta la naturaleza y el aire libre (para ir de excursión o de acampada). Reconozco que la vida rural y agrícola ha sido el cimiento de España durante siglos, que los valores del campo han configurado nuestra identidad nacional. No niego que las mejores esencias de España hayan estado siempre ligadas al agro, pero…

… Pues que eso era antes, porque ahora a mí me da la impresión de que
los que viven toda la vida en pueblos pequeños son los más tontos del país.

Tengo una teoría que no creo que se aparte ni un ápice de la realidad. Como desde hace ya bastantes décadas, las personas más emprendedoras, más trabajadoras, con más iniciativa, con la mente más abierta, y con más deseos de dar lo mejor a sus hijos, han emigrado a las ciudades,
al final se ha producido un fenómeno de “selección natural” y en los pueblucos de hoy casi solo quedan los más cortos, los más cerradicos y los que tienen menos miras que Stevie Wonder.

Un amigo siempre me dice que esta tesis mía es siniestra y materialista, pero a mí no me parece materialista tener inquietudes, querer mejorar en todos los sentidos, aspirar a una vida social rica o desear que tu familia tenga acceso a una buena educación, a un buen ocio y a un futuro más estimulante, algo a lo que desde luego no se puede aspirar viviendo en una aldea perdida de Dios.

Quiero hacer dos matices
importantes.

Primero: Cuando hablo de pueblos sólo me refiero a municipios de economía agropecuaria y alejados de una capital de provincia, y no por supuesto a los miles de pequeños núcleos urbanos que constituyen lo que hoy se conoce como alfoz o área metropolitana de las ciudades.

Segundo: No quiero entrar en las causas ni en los culpables de que los pueblos se hayan quedado como están, de que la agricultura española se haya ido a tomar vientos, ni mucho menos en las soluciones. En este post quiero hablar de una realidad de hoy en día, tenga quien tenga la culpa y sea lo injusta que sea (que lo es).
Hoy la vida en un pueblo es una mierda y quien puede o tiene posibilidad se escapa. En cambio, los cerriles sin ninguna inquietud se quedan ahí de por vida, arrinconados y limitados. Aparte de que vivir en una comunidad pequeña conlleva innumerables y repugnantes inconvenientes sociales en forma de cotilleos, presión social y falta de libertad en todos los sentidos, no me cabe la menor duda de que si naces listo y vives en Villacanicas del Buen Pastor durante treinta años te vuelves más tonto que Abundio, que echó una carrera él solo y quedó el segundo.

He convivido con mucha gente de pueblo y también he trabajado durante años con este colectivo. Y no puedo sino hablar mal en general de mi experiencia. He dado casi siempre con personas de inteligencia muchísimo menos desplegada, mucho más brutos y desconfiados, y generalmente con hábitos más toscos y con costumbres y formas de ser que no me gustan ni un pelo. Algo que siempre me ha llamado la atención de los pueblerinos es que suelen ser bastante primarios o espontáneos en sus reacciones, o sea que te sueltan lo que piensan sin medir si te va a sentar mal y sin tener confianza alguna que lo justifique. Tienen, por así decirlo, muchos menos miramientos en el trato y no siempre tienen la delicadeza y la distancia debida con sus interlocutores.

También he observado otros datos curiosos. Por ejemplo, en los pueblos que viven de la ganadería son infinitamente más bestias que en los agrícolas. Los pueblos con mucho “retorno” (en los que mucha gente se ha ido a las ciudades o al extranjero y han regresado de viejos) son bastante más finos y cultos. Seguramente los paletos más paletos de España estén en la comarca de Tierra de Campos (determinadas zonas de Valladolid y Palencia). Los jóvenes campesinos, frente a lo que suele suponerse, son igual o más paletos que los ancianos del lugar. La gente del campo se suele creer muy lista y muy espabilada, desprecian el mundo urbano y reniegan de sus ventajas y sus comodidades. Hay determinados vicios y malas costumbres que estoy convencido de que se dan más en los pueblos que en las ciudades (por ejemplo, ir a putas). Los de los pueblos tienen muchísima menos sensibilidad y son más proclives a la crueldad, a la burla, al mote despiadado y a la discriminación de sus vecinos, porque no saben ser respetuosos con la diferencia y tienden al rebañismo de una manera escandalosa.

Otro dato me parece innegable en relación a este rebañismo: Como en las comarcas rurales hay muy pocos jóvenes, las oportunidades de elegir a los amigos son casi nulas. Así, los chavales se relacionan por quintas o grupos de edad, y no en función de sus preferencias. Si un niño o adolescente vive en una ciudad tiende a juntarse con un grupo afín a sus gustos o educación recibida. Si vive en Villarriba del Conejo, si no quiere quedarse más solo que la una, tendrá que salir con los ocho o diez chavales de su edad y seguir su estilo de vida, aunque sean unos porreros y unos borrachos (algo muy habitual, pues suelen imponerse las cafrerías de los más chulitos)

Igualmente me llama la atención cómo un matrimonio de un pueblo pequeño puede ser tan egoísta de retener con ellos a sus hijos toda la vida, sin fomentar que salgan de ese mundo tan cerrado, que estudien fuera, que vayan a la Universidad, que conozcan distintas formas de ganarse la vida. En su ceguera, no se hacen idea del desperdicio y el daño que les están haciendo.

Por último, debo decir que en los pueblos también he observado valores muy positivos que se dan en mayor medida que en las ciudades. En efecto, las comunidades pequeñas y herméticas también tienen sus ventajas, como por ejemplo una tendencia mayor a la solidaridad y generosidad con los más necesitados (todos se conocen y saben de sus problemas), una vida religiosa más auténtica y sentida, y un mayor apego familiar y respeto por los viejos. La gente también es más sencilla y menos soberbia y probablemente si te haces amigo de uno de un pueblo lo seas para toda la vida.

Conozco efectivamente gente muy buena y muy inteligente que vive en localidades minúsculas (algunos familia mía), pero considero que sus potencialidades culturales, sociales, económicas e incluso de felicidad están seriamente limitadas por culpa de su entorno.

domingo, 1 de noviembre de 2009

EL COMENTARIO DE LA SEMANA (42): SENTIRSE PARTE DE UN TODO

El mejor comentario de las dos últimas semanas ha sido:

No sé si es por mi carácter, pero a mí de pequeño me hubiera encantado pertenecer a una cosa parecida [al Frente de Juventudes]. Dejando fuera consideraciones políticas, simplemente la estética, la marcialidad, el sentirse parte de un todo. Son sensaciones que he tenido de mayor y cuando te ves desfilando dentro de una compañía, y sientes que todos se mueven como uno. Creedme que es una sensación de plenitud. No por la merma de individualidad ( que no creo que la haya) sino por el hecho de sentirse integrado.

Los valores que enseñaban, no lo sé, ni estaba
allí ni he leído tanto como ustedes, pero por lo que conozco del carácter de mis padres y abuelos, no creo que les dijeran “ Él que no esté colocado que se coloque”. Simplemente el hecho de enseñar austeridad (vivir en una tienda de campaña durante largo tiempo, a veces, puede ser penoso), hace que se valoren cosas que la gente da por hecho. Contacto con la naturaleza o afición por el deporte no le puede hacer daño a nadie.

Auto
r: Saturnino Martín Cerezo

viernes, 30 de octubre de 2009

DESTAPANDO MITOS: EL FRENTE DE JUVENTUDES (por El Guerrero del Antifaz)

Hace unos días comentaba con un amigo mío lo ridículas que resultaban las mutuas acusaciones de parlamentarios españoles acerca de su pertenencia al Frente de Juventudes. Los políticos han conseguido tergiversar la realidad, haciendo ver que la pertenencia a estas organizaciones era voluntaria.

En realidad, el Frente de Juventudes fue una unidad de encuadramiento de la Juventud española, entre los años 1941 y 1960. Durante aquellas dos décadas, absolutamente todos los chavales pertenecían a la institución por el mero hecho de tener nacionalidad española y de tener entre 6 y 18 años. Nadie estaba allí voluntariamente.

Normalmente quien se acerca a este tema se detiene en lo folklórico y superficial: camisas azules, campamentos y cara al sol, pero lo cierto es que dentro de la Historia de las Instituciones, tan de moda en los círculos historiográficos más novedosos, el estudio de los órganos del movimiento está cobrando pujanza los últimos años.

El Frente de Juventudes fue una escuela de vida, en la que tuvieron cabida tanto hijos de burgueses como de obreros, de ricos y de pobres, de ateos y de religiosos, de blancos y de negros y de falangistas y de no falangistas. Al igual que otras empresas del régimen, el aderezo de la camisa azul era un mero accesorio, que ha confundido al falangismo con el franquismo tradicionalmente.

El FJ educó a millones de niños en España, Guinea Ecuatorial, Marruecos y Sáhara Español, les procuró una alfabetización, el contacto con la naturaleza a niños de familias sin recursos o que jamás habrían soñado con unas vacaciones. Fortaleció los cuerpos de muchachos raquíticos, que en sus casas apenas tenían acceso a una alimentación sana.





Pero además fue escuela de amistad. Durante la realización de mi trabajo de investigación sobre esta institución, comprobé cómo después de cincuenta años, muchos niños que coincidieron en esa época y después perdieron el contacto por unos años, se han convertido en hombres que aún se reúnen y cuentan sus hazañas y anécdotas de juventud.

El FJ contó inicialmente con los escasos medios a su servicio, que fueron ampliándose en la medida de las posibilidades de un Estado que a duras penas emergía. Ello favoreció una gran oferta de actividades, ocupando la franja de ocio de los encuadrados, y evitando que muchos adolescentes cayeran en el camino de la perdición. La Institución controlaba su permanencia en horario lectivo, su tiempo libre, y según avanza la madurez del individuo, le sigue paralelamente a su ciclo vital: en el centro de trabajo, en el Sindicato. Y es que los jóvenes se encuadraban en función de su actividad: estudiantes, trabajadores o campesinos.

No obstante, y a pesar de disquisiciones políticas o ideológicas, FJ se erigió en escuela de vida y de ciudadanía: los miles de chavales que pasaron por las “ciudades de lona” así lo atestiguan. Allí se enseñó a convivir a una sociedad salida de una confrontación fraticida, que no respetó absolutamente nada, ni a nadie, educando en valores de respeto, esfuerzo y superación.


Pero toda historia tiene un inicio y un final. Tras la Victoria de los aliados en la Segunda Guerra Mundial, el FJ cierra filas en torno al Caudillo en los duros años del aislamiento. Diez años después, la misma institución se siente recelosa ante la llegada del “amigo americano”. La Guerra Fría como agente externo, la ruptura generacional y la invalidez de un modelo funcional, hacen que el FJ se vea abocado a la desaparición.

Para Franco, se había convertido en un incómodo problema: cada acto público era un motivo de protesta: desplantes e insultos al Caudillo se saldan con detenciones de jóvenes, registros domiciliarios y severos castigos. Los falangistas, que nunca se han sentido a gusto en el régimen franquista, utilizan estas instituciones para intentar transformar España.

La nueva y remodelada Delegación Nacional de la Juventud recoge el testigo y comienza a trabajar siguiendo unos modelos más acordes con las políticas europeas de juventud del momento a través de la OJE: naturaleza, albergues… muy edulcorado, intentando alejar el añejo sabor del FJ nacido del final de la Guerra. España cambiaba, cambiaban sus jóvenes, y el estado, lejos de mantenerse inmóvil, intentó adaptarse a esa realidad.

La existencia del Frente de juventudes salda positivamente el balance de sus acciones. Fue una institución que nunca hizo distinciones entre sus miembros, instruyó y educó a millones de jóvenes en valores, e intentó cambiar un mundo, que ni era el que le habían prometido, ni era el que habían soñado. En 1960 la revolución aún, estaba pendiente.



NOTA: El Guerrero del Antifaz es historiador y dedicó su tesina de doctorado al Frente de Juventudes.

miércoles, 28 de octubre de 2009

BOLSA CACA

Menuda habilidad tienen algunos para hacer pasar a la gente por el aro y convercerla de que un timo es en su beneficio o en nombre de la Humanidad. Ahí tenemos a los payasos del cine español: todo el día llorando para que les den dinero y, encima, dicen que lo hacen por el arte, la cultura y no sé qué chuflas más. Vamos, que, al final, van a ser unos patriotas. Y, encima, hay tontos que les ríen las gracias.

O como algunas ONG(etas) que se pasan el día pidiendo dinero que nadie sabe dónde va ir. Y luego, claro, gentucilla como Leire Pajín,
presidiendo hasta treinta simultáneamente, se embolsa más de 20.000 euros de nada cada mes. Seguro que por eso, por falta de tiempo, no se presentó a Miss España. En fin, todavía podrá ganar Miss Sociata.

O como Pryca -ahora conocida como Carrefour-, gastándose cantidades ingentes de dinero en propaganda en contra de las bolsas de plástico. Poco más o menos te decían que si usabas bolsas eras como un pirómano o un psicópata matapeces y que ellos, sólo con la intención de ayudar al medio ambiente, las iban a retirar. Y claro, como no te iban a obligar a llevar las cervezas de la mano, por el módico precio de sei
s céntimos, te proporcionarían una bolsa biodegradable -algunas de plástico también lo son- de fécula de patata.

Ahora comprendo el anuncio de Bolsa Caca. ¡¡¡¡Vaya mierda de bolsas!!! En cuanto comenzabas a meter los botellines, las puñeteras bolsitas se desgarraban. Casi no llego al coche y, para más INRI, tenía al lado un Mercadona. Eso sí, los sinvergüenzas pryqueros siguen vendiendo bolsas de basura normales -por lo visto, esas no deben contaminar- y unas de tela enormes a un euro o no sé cuánto que seguro patrocina el Colegio de Fisioterapeutas pues deben tener una capacidad de carga de 25 kilos o más.

Vamos, que creo que a partir de ahora, me voy a Mercadona. Me fastidia que los franceses me tomen por tonto.

martes, 27 de octubre de 2009

YA NO SE HACEN PELÍCULAS ASÍ (3): "MARCELINO PAN Y VINO"


No lo he vivido pero tengo entendido que hubo un tiempo en el que los ministros de Cultura o los de Educación se dedicaban a la instrucción de la sociedad; un tiempo en el que los gobiernos se desvivían para que cada generación de jóvenes fuera más culta y próspera que la anterior; un tiempo en el que, sin tantas palabras vacías y sin tantas demagogias baratas, se trataba a la población como a seres humanos, no como a ganado al que alimentar con basura y degradación.

Hubo un tiempo en el que quien ocupaba la cartera de Cultura se podía ganar la vida muchísimo mejor ejerciendo trabajos en los que no precisaría pastar del pesebre ni del halago de las pasiones más viles. Pero claro, María Ángeles González-Sinde, coguionista de After, no ocupaba un ministerio, ni Almodóvar obtenía premios por sus repugnantes películas -con ellas, aquello del traje nuevo del Emperador con la diferencia que los disidentes ahora no lo son por tontos o bastardos sino por fachas-, ni los buenos directores se prostituían entregándose a la sodomía y al halago de los politicuchos o las ideas política y destructivamente correctas. Y corruptoras, claro.

Porque hubo un
tiempo en el que la gente acudía al cine a ver historias bellas o divertidas. O trágicas pero edificantes. Y quizás ñoñas y simplonas; pero suficientemente horrible ya es el mundo. Porque en aquel tiempo el humor no consistía en escuchar a Torrente vomitar zafiedades de beodo y el amor no era definido por Vicente Aranda.


En aquellos tiempos, Ladislao Vajda, un húngaro exiliado en España, adaptó para el cine Marcelino Pan y Vino, un cuento de José María Sánchez Silva, antiguo quintacolumnista de la Falange de Madrid.

Poco se puede decir de una obra maestra, oso de plata en el Festival de Berlín de 1.955 e interpretada por creo que el único de aquellos niños prodigios que no se atragantaba en el estómago por exceso de noñería marujil: Pablito Calvo.

Marcelino es un niño abandonado en un convento de franciscanos. Criado por los frailes, entre ellos un jovencísimo y genial Fernando Rey, revolucionará el convento y el cercano pueblo. Su bondad y su inocencia llegarán a enternecer al mismo Dios.

En fin, una película imprescindible como creo que no se ha rodado otra en España y, por desgracia, creo que tardará en hacerse.


domingo, 25 de octubre de 2009

EL TRAJE DE ZAPATERO







Aunque el hábito no haga al monje, claramente ayuda. Me gusta

Vamos, que me cuesta creer que para trabajar vendiendo calzoncillos en El Corte Inglés te exijan ir bien afeitado y vestido más que pulcramente mientras que un médico pueda llevar pendientes o ir vestido con harapos. En el colmo de todo esto podríamos encontrar a los policías municipales de Valladolid que no se avergüenzan de lucir pendientes, coletas, pulseras o incluso piercings en lo que considero un insulto hacia su uniforme, su trabajo y los ciudadanos que pagan su sueldo. Y vamos, que un pelanas de éstos -que encima suelen ser los más chulitos- no creo que sea quien para decirme si mi coche molesta o no.

Esto que, opino podría aplicarse a todos los oficios que fueran cara al público, creo que debería mimarse hasta el extremo cuando se trata de cargos públicos. Que luzcan un aspecto adecuado: ni demasiado ostentoso -dejo la afición d
e la ViceBruja por la alta costura a cargo del erario con casi un millón de comidas servidas diariamente en los comedores de Cáritas- ni excesivamente humilde. Es más, estimo que la forma de vestir en un representante nacional es un asunto no de imagen personal sino institucional o, incluso, nacional.

Todo a cuento del pésimo gusto a la hora de vestir del, por desgracia y si Dios no lo remedia, Presidente del (des)Gobierno.

No tengo ni la más mínima idea
de moda. Es más, me supone un enorme esfuerzo combinar una corbata con una camisa para acudir a un boda: y eso que me encantan las corbatas aunque no las use casi nunca. Pero no hace falta ser Petronio para darse cuenta de lo mal que viste ZP. ¿Cómo es posible que a un hombre le quede tan mal un traje? Los hombros caídos y a la vez tirantes; las mangas unas veces cortas y otras excesivamente largas pero siempre asimétricas; los botones descolgados y las solapas arrugadas; parece que el forro de la americana fuera demasiado pequeño... Mismamente se podría pensar que duerme con el traje puesto y que sólo tiene una corbata o bien la misma pero repetida con colores diferentes y siempre pequeños lunares blancos. Ignoro si viste en un mercadillo o compra los trajes de 60 euros que vendían en Pryca, pues tiene delito que te queden tan mal por muy mal hecho que estés. Recomendaría a su asesor de imagen -quizás sean sus hijas y esto lo explique todo- que visitara Springfield donde, por 120 euros, venden trajes que a cualquiera le quedan bien, por muy mal formado que esté, con camisa y corbata incluidos. O, puestos a ser más espléndidos, que vaya a El Corte Inglés donde encontrará, por menos de 50.000 de mis añoradas pesetas, trajes que al bajo le hacen crecer y al gordo adelgazar como por arte de magia. No eso, no: al tonto no le hacen espabilar.


, cuando acudo al médico, que éste tenga pinta de médico pues, si bien es cierto que un aspecto descuidado, o incluso un poco guarrete, ya sea en su peinado o en su bata, podría dejar adivinar una especie de asceta o un loco por su trabajo que no se ocupa de detalles que puedan parecer adjetivos, opino que las apariencias a la hora de ejercer una profesión son fundamentales. No tengo nada en contra de que un médico, un juez o un profesor, por poner tres ejemplos, vayan hechos unos adanes en su vida privada: allá ellos. Pero sí creo que el gusto por los detalles y el trabajo bien hecho también se filtran a la hora de intentar ofrecer una apariencia seria y responsable ante el público.

viernes, 23 de octubre de 2009

RELEYENDO "EL PADRINO" (8): AL NERI


Al Neri, interpretado en las películas por Richard Bright, era un policía de Nueva York de origen siciliano, caracterizado por su fiereza y brutalidad, pero también por su honradez y sentido familiar y del honor. En el libro hay varios pasajes que resaltan su personalidad, como cuando propina una paliza a su sobrino por faltar el respeto a su madre (la hermana de Neri) o cuando golpea duramente a unos gamberros inmigrantes italianos “por deshonrar a su país”. El arma favorita del agente Neri era una enorme linterna, con la que atizaba a los delincuentes. Con esta linterna le abrió la cabeza al asesino de una muchacha, por lo que fue separado del servicio y procesado.

Enterada
la familia Corleone de esta injusticia y de las virtudes del ex policía, hizo uso de todas sus influencias para evitarle la cárcel y le invitó a incoporarse a su plantilla. En menos de un año Neri ya había vertido sangre por cuenta de los Corleone. Neri no entró en la Familia como soldado raso, sino como “especial” y su primer encargo fue organizar el asesinato del buscavidas Moe Greene en Las Vegas, por negarse a vender su parte de un hotel (“¿Te fijaste bien en él?” –le pregunta Michael al abandonar el hotel tras el enfado de Moe). Pero su actuación estelar es cuando ejecuta a Emilio Barzini, principal rival de la Familia, disparándole a bocajarro –en la película, mientras huye por una escalinata- , disfrazado con su antiguo uniforme policial.

En El Padrino II, en la parte de los años 50 que no aparece en la novela, Neri ha sido ascendido a Caporegime junto con Rocco Lampone, sustituyendo ambos al traidor Tessio y al desaparecido Pete Clemenza. En esta peli, Neri está presente en las grandes decisiones de los Corleone. Se le puede ver en las reuniones celebradas con Johny Ola (al que se autopresenta), con el Senador Geary y con Frankie Pentangeli. En la reunión para discutir la ejecución de Hyman Roth, informará a Michael y a Tom del rechazo de varios países de la petición de asilo del magnate de Miami. Al final de la película, será el encargado de ejecutar a Fredo en la intimista escena de la barca. Del metraje original de esta Segunda Parte fueron eliminadas por desgracia dos magníficas escenas: en la que comunica a Michael que han localizado por fin al pastor Fabrizio (el que atentó contra Apollonia) y en la que expulsa a golpes al gerente del hotel-casino Tropicana.

De esta segunda película siempre me ha llamado la atención que el papel de guardaespaldas de Michael (el que ejecuta en Cuba a Johny Ola e intenta eliminar en el hospital al judío Hyman Roth) fuera desempeñado por el actor Amerigo Tot, en vez de ocuparse Al Neri de estos “trámites”. Puede que los guionistas o el propio Puzo desearan mantener vivo a un personaje tan emblemático de la novela, prefiriendo así que fuera un desconocido a quien acribillaran las balas de la guardia de Batista. En cambio con Lampone no tuvieron tantos miramientos.

Por último, en la tercera parte de la saga, Al aparece como un personaje diluido, una especie de empleado de confianza de un Michel Corleone que ha dejado de ser un gángster para convertirse en un hombre de negocios. Su más larga intervención es para planear con Vincent y Connie el asesinato de Joey Zasa. También es curioso cómo se refiere a él Kay Adams justo cuando llega a la estación de tren de Sicilia (“¿Todavía tienes a Neri?, “Sí, lo necesito para que me abra la puerta del coche”). Su última aparición es para dar muerte al Arzobispo Gilday, en la Ciudad del Vaticano, tras un largo viaje en tren en el que se ve como lleva la pistola oculta en una caja de surtidos Cuétara.

miércoles, 21 de octubre de 2009

CURAS CATÓLICOS CASADOS


Hace un mes le comentaba yo a un amigo mío muy puesto en temas teológicos que me daba mucho miedo que, dada la actual crisis de vocaciones en la Iglesia Católica, cualquier día permitieran casarse a los sacerdotes u ordenarse a las mujeres, algo que me disgustaría muchísimo. Yo le decía a este amigo desde mi gran ignorancia en estas cuestiones que a mí siempre me habían explicado que la Iglesia podía cambiar el criterio al respecto, ya que se trataba de asuntos de “derecho eclesiástico” y no de “derecho divino”, que obviamente son inmutables. Pero este chico, que pertenece a una institución de la Iglesia de la que hemos hablado bastante, se puso hecho un basilisco y me dijo que era imposible que sucediera una cosa así, porque eso no se puede cambiar por ningún Papa, y que el problema es que yo tenía poca Fe y poca esperanza, etc.

Hoy me ha despertado una noticia en la radio que me ha dejado estupefacto. Disculpen los entendidos mis posibles inexactitudes terminológicas, pero por lo que parece la Santa Sede ha decidido admitir en la Iglesia Católica, con plenitud de derechos, a comunidades anglicanas de diferentes países (Comunión Anglicana Tradicional - TAC), cuyos sacerdotes pasarán a ser sacerdotes católicos aunque estén casados. Incluso los seminaristas ya casados podrán ordenarse como sacerdotes. Eso sí, los Obispos quedan fuera de esta posibilidad y tampoco se permitirá contraer matrimonio a los que ya sean sacerdotes ni a quienes pretendan serlo a partir de ahora.

Con estas cosas pasa a menudo que los medios de comunicación distorsionan las noticias y al final la realidad no se parece nada a la interpretación de la prensa. Pero aun así, yo me he quedado de piedra, muy inquieto y temeroso.

No sé hasta qué punto será cierto que a partir de ahora se pueda ser cura y estar casado. Aunque acato la decisión de Roma (no como otros, que en cuanto algo no les gusta se montan su sectilla), se me ponen los pelos de punta de imaginar que pueda llevar una parroquia o impartir los Sacramentos un señor con familia e hijos. Siempre he estado radicalmente en contra, porque como ya dije en otro post, una monja o un cura casados van a dar siempre prioridad a las necesidades de su pareja o de su prole, y ello es incompatible con la razón de ser de la vida religiosa, que es la renuncia a uno mismo para entregarse del todo a Dios, a la oración y a los demás.

Me surgen muchas dudas sobre la noticia, que quizá algún entendido pueda aclararme.
Primero no entiendo que, por una parte, Roma aparentemente acerque posiciones a los llamados lefebvristas y por otra se descuelgue con este guiño semiprotestante que me espeluzna.

Tampoco tengo claro hasta qué punto estos sacerdotes con esposa van a ser curas católicos de los de fetén, o va a haber algún tipo de restricción a su estatus canónico.

Por otra parte, pienso que si la situación es como la explica la prensa, hay riesgo de que antes o después permitan casarse a todos los curas, ya que, en mi modesta opinión, con la medida que ha anunciado hoy el Vaticano está reconociendo claramente que se puede estar casado y ser un buen sacerdote, luego, ¿qué obstáculo habría para extender esta libertad a los futuros presbíteros? No parece coherente hacer distinciones sobre si la condición de casados la tenían ya o la tendrán a partir de ahora, pues lo importante es la esencia del asunto.

Por último me pregunto si también va a permitirse ahora o después que las mujeres puedan ordenarse, igual que en la Iglesia Anglicana, porque entonces sí que me da algo.

Reconozco tener rotos muchos esquemas desde esta mañana y espero con calma el debido asesoramiento de los que saben. No, si al final tendré que autoconvencerme de que el anglicanismo es bueno, en vez de una herejía anglosajona que surgió de los caprichos de Enrique VIII, como tenía claro hasta ahora.

Ay, el ecumenismo... ¡cuántos sapos tendremos que tragar!

lunes, 19 de octubre de 2009

SE LES ATASCA LA MARICONERA

En mi familia, de los tacaños, de los que siempre se hacen los longuis cuando toca invitar en los bares, decimos que “se les atasca la mariconera”. La expresión la acuñamos porque un pariente político de mi padre siempre usaba el mismo truco para escaquearse en las rondas de cafés o de vinos. Resulta que solía llevar una mariconera de cuero, de esas donde algunos hombres mayores guardan la cartera, el tabaco y qué sé yo, y cuando llegaba el fatídico momento de soltar la guita, el amigo sacaba raudo la mariconera al grito de “deja, deja”, pero luego empezaba a tirar de la cremallera afanosamente, fingiendo que estaba atascada y haciendo comentarios de desesperación, “dichosa cremallera”, “qué le pasa a esto”, hasta que alguno de sus acompañantes se le adelantaba y pagaba. Siempre empleaba la misma triquiñuela y era mundialmente conocido por ello.

Ser roñoso es una de las cosas más repelentes que puede haber. Además, coger fama de rata no tiene marcha atrás; como a alguien empiece a conocérsele por tener la mariconera atascada, ya puede cambiar de repente y convertirse en el tío más rumboso de la ciudad, que ya habrá quedado de por vida marcado por el sambenito.

Una de las cosas más llamativas de los tacaños compulsivos es que su actitud no guarda relación alguna con su situación económica. Hay tacaños muy ricos y muy pobres. Yo creo simplemente que hay determinados sujetos que consideran un desperdicio intolerable realizar cualquier gasto por pequeño que sea en beneficio de los demás o al menos si a él no le reporta ninguna ventaja. Estos tíos sufren un montón cuando ven avecinarse un turno de consumiciones para siete amigos y calculan (porque se pasan la vida calculando) que les toca pagar a ellos; se ponen tensos, y se les nota a la legua, cuando han adelantado un pago, por ejemplo para un regalo colectivo, y hay colegas que se retrasan en saldar la cuenta; se desesperan en las excursiones si han llevado ellos el coche y alguien olvida abonarles su parte de la gasolina…

Eso sí, con ellos mismos acostumbran a ser muy dadivosos y desprendidos. Generalmente son muy poco austeros y les encanta aparentar holgura económica exhibiendo objetos, ropas o coches caros. Tampoco les importa nada derrochar generosidad con los demás cuando les interesa. Son los típicos que siempre tratarán de pagar en el bar o en el restaurante cuando se reúnen con alguien al que pretenden pedir un favor o les acaba de favorecer de algún modo. Yo tengo un amigo que es husmia hasta extremos cómicos e incluso entrañables, pero al muy mamón le encanta invitar con salero a las chavalitas que se cepilla o se quiere cepillar. Con los amiguetes, en cambio, tiene menos detalles que un Seat Panda.

Luego hay otro espécimen de agarrado que lo es a todos los niveles: con los demás y consigo mismo. Tiene la cremallera estropeada para todo. Piensa que cualquier gasto superfluo debería estar prohibido. Considera que debería ser delito gastar más dinero en algo que puede encontrar más barato, independientemente de criterios estéticos, calidades o caprichos. Esta clase de cicateros no es tan despreciable como los otros, pero a veces te partes con ellos (o sufres vergüenza ajena). Son inconfundibles en cualquier situación. A pesar de que pueden gozar perfectamente de un sueldo muy holgado para ellos solos, si tienen que decorar la casa o realizar cualquier arreglo, lo harán ellos mismos, aunque no tengan ni puta idea, o buscarán a un familiar o conocido que se lo haga. Si hay que cenar con los amigos siempre propondrán el restaurante más barato posible, aunque se trate de un evento o celebración especial. Si van de vacaciones arañarán hasta el límite, hasta el punto de hacerse cargante e incómodo viajar con ellos, siempre regateando en cualquier pequeño homenaje que el grupo quiera darse para disfrutar de su tiempo libre. En las vacaciones, ya digo, es donde peor se portan: Quieren hacer todas las comidas a base de bocadillos con el embutido que han comprado en el Súper, pillan fiambre y pan en el bufet del desayuno del hotel para evitar cualquier gasto en el almuerzo, insisten en que no les apetece cenar nada cuando los amigos quieren hacerlo en algún sitio bonito del lugar donde estén, y se empeñan en no participar en los “botes” y en llevar sus gastos por separado. Por lo general cualquier grupo de amigos un poco grande estará dividido en función del estilo de vacaciones que se prefiere, y no precisamente por el volumen de los sueldos o la clase social, sino por la racanería de algunos, que son incapaces de darse un gusto o una comodidad aunque el dinero les salga por las orejas.

Yo respeto cómo quiera organizar cada uno su economía, pero creo que por muy austero que se sea (es una virtud que yo admiro y creo poseer en buena medida) hay ciertos límites para manejarse correctamente en sociedad y para no convertirse uno en un avaro con la capacidad de disfrutar de su dinero completamente bloqueada. Creo que no hace falta estar todo el día pagando rondas ni invitando a comer a los colegas para que quede claro que uno tiene sus gestos, sus detalles de cariño con las personas que quiere y que no anda siempre con la asquerosa libreta del “debe” y el “haber”.